Asumir el cuerpo

Maria Elena es una bella mujer, cuyo atractivo surge, no sólo de su juventud que parece envolverla a cada gesto, a cada mirada, sino de su personalidad definida, que denota esa seguridad en sí misma, propia de las mujeres que han hecho claridad, que asumen el mundo como personas y que se han apropiado de instrumentos y de conductas que les permiten ser protagonistas de cambios radicales, viajeras de caminos nuevos y difíciles, símbolos de profundas transformaciones que las sacan de su cómoda y peligrosa concha prefabricada, y las enfrentan a una vida auténtica, despojada de torpes falsificaciones y mitos ancestrales.

Apasionada de su profesión, María Elena es, en realidad una investigadora, que no permite que su trabajo se convierta en rutina y que mantiene viva y cálida la idea de que es necesario a cada momento señalar la mediocridad, combatir la injusticia, ajustar la noción de progreso a la de dignidad humana. Para efectos de su trabajo, debe desplazarse a diferentes sitios del Departamento, y actuar con sus colegas y con sus jefes en visitas y estudios que exigen, casi siempre, permanencias que se prolongan de acuerdo con las circunstancias, lo cual es un asunto común y corriente en la vida de cualquier profesional o empleado que trabaje en condiciones parecidas. Sólo que como María Elena es mujer, sus acompañantes, que son hombres, siguiendo la idea de que una mujer es un articulo de consumo del cual el hombre puede disponer por voluntad personal, decidieron, durante el viaje de regreso de una comisión de trabajo, asediarla en forma vulgar, haciendo por supuesto los tradicionales chistes que la sacaban de su puesto de profesional que cumple con ellos una obligación laboral, y tratándola como un simple juguete de ocasión, obligada prácticamente a complacer el “doctor”, porque resulta que el doctor padece, entre otras cosas, el capricho de poner a sus subalternas al servicio de sus dudosos deseos sexuales, sin que cuente para nada la voluntad o el deseo de dichas mujeres.

La escena es casi idéntica en circunstancias parecidas: después de las alusiones torpes, vienen el manoseo y el asedio, y el intento de conseguir, por la fuerza, aquello que a los mediocres les resulta imposible en forma espontánea, cuando tienen a su lado mujeres de calidad. María Elena luchó contra sus atropelladores y los denunció públicamente ante las directivas de la empresa y ante sus compañeros y compañeras de trabajo. Al hacerlo, no actuaba, ni mucho menos, movida por falsas nociones de virtud, ni porque fuese una inocente virgen temerosa de perder su pretendido sello de pureza. Ella entiende que más que un asunto de honor, había sido atropellada en su libertad, esa libertad que a uno le permite disponer de su cuerpo y decidir libremente con quién desea o no desea tener un intercambio sexual.

Impuesto por la fuerza, ese intercambio es apenas la confirmación de la idea que tienen algunos
hombres de que la mujer es una cosa a la cual se le puede echar mano en cualquier momento y en cualquier circunstancia. Un acto vil, tolerado silenciosamente por muchas mujeres que se acostumbraron a que eso es parte de su destino, pero que la mujer nueva no sólo no acepta sino que denuncia valerosamente. María Elena descubrió, además, que el hecho no era nuevo en la entidad para la cual trabaja, y que otras mujeres habían sido chantajeadas, obligadas a guardar silencio por temor a perder el empleo, o por el mezquino deseo de lograr fáciles ascensos, o por el miedo de que, al conocerse la situación, pudiera dudarse de su honorabilidad.

Pero resulta que ahora surgen mujeres que asumen su cuerpo, que lo rescatan de la enajenación en que lo han mantenido y se lo apropian para un disfrute libre y placentero. Pues son esas mujeres, casualmente, quienes, como Maria Elena, salen al paso de un atropello que la misma sociedad disimula y hasta justifica con la idea de que las cosas siempre han sido así y que por tratarse de un hombre el asunto es apenas natural. Para evitar molestias, se le hacen a las mujeres ciertas recomendaciones como cuidar sus horarios, andar con alguien que las acompañe y les sirva de respeto, y vestirse discretamente para no incurrir en provocaciones. La mujer nueva ya no oye esos consejos que la disminuyen, y más bien resuelve ser ella misma, y asumir las consecuencias de esa afirmación. Sólo entonces puede desenmascarar a quienes, escudados detrás de títulos y posiciones importantes, resultar ser tan solo manoseadores de pacotilla, violadores frustrados.

Artículo publicado en El Mundo, el 25 de marzo del 1985.

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