Caso de «la manada»: un no debería ser suficiente

El director ejecutivo de la Fundación Confiar, Alejandro López Carmona, nos comparte una columna de opinión donde, a partir del impactante caso de violencia sexual cometido por un grupo de hombres en España, propone la necesidad de un replanteamiento profundo de los valores culturales que autorizan la violencia hacia las mujeres y atentan contra la dignidad humana, y reflexiona sobre la pertinencia de un enfoque feminista en la justicia.

Por Alejandro López Carmona
Columnista invitado

El 7 de julio de 2016, en el marco de las desuetas Fiestas de San Fermín ­–y digo desuetas pues poco acorde están con las sensibilidades y demandas de la época, que propenden por el cuidado y el respeto de los animales y el medio ambiente–, un grupo de cinco hombres accedieron carnalmente, en un parque público, a una mujer. Dos años después, tras un fallo de una corte, compuesta por tres hombres, los agresores han quedado en libertad bajo el argumento de que el hecho no constituye una violación, sino un “simple” abuso sexual. Aduce ‘la manada’ que no hubo resistencia de la mujer y que por tanto no se configura una violación.

Esta decisión –la de dejarlos en libertad y valorar el hecho como abuso y no como violación– ha generado una importante manifestación de indignación y mantiene vigente la necesidad de revisar la interpretación que hacemos de ciertos conceptos como abuso y violación, así como revisar las instituciones y el enfoque con el que se administra justicia, y, por último, los valores culturales que hoy priman.

Sostener que no se configura una violación porque no se manifestó una resistencia de parte de la mujer que se veía rodeada y sometida por cinco hombres, es desconocer que en la pasividad ante la agresión hay también un posible mecanismo de defensa para preservar la vida y que los agresores, actuando en conjunto, representaban una superioridad y amenaza tal que la resistencia hubiese significado sufrir males mayores. Y el problema no es que hayan sido cinco hombres teniendo sexo con una mujer, pues esto es totalmente válido a la luz del deseo y el consentimiento de la participante en el acto sexual, sino que el problema está en el uso de la fuerza –expresada en el dominio físico y la superioridad numérica– y en el acceso carnal sin el consentimiento de la mujer.

En Colombia, menos mediático que en España, supimos recientemente de una situación que podría equipararse: en el año 2007, un hombre cometió acceso carnal violento contra dos mujeres en un parque de Bogotá. Dos años después fue absuelto por la Corte Suprema de Justicia, quien argumentó que no ejerció violencia física comprobable, puesto que no portaba un arma y su contextura física no correspondía a la de un hombre que pudiera violentar a dos mujeres. Sin embargo, aquí se configura un caso de violencia simbólica: las dos mujeres habían sido recientemente atracadas, les robaron sus bolsos y celulares; era de noche, estaban solas en un parque y el violador hizo uso de amenazas verbales. Ante estas situaciones, también se evidencia una condición de vulnerabilidad y desventaja. Y al igual que la víctima de la manada, su reacción –probablemente determinada por el miedo– no fue la de oposición o defensa.

Por ello, se hace necesario también replantearnos el tema del ejercicio de justicia, pues no puede seguir pasando que casos como estos y otros tantos sigan de espaldas a las transformaciones que la sociedad está exigiendo. Una de esas transformaciones toca otro tema en cuestión: la presencia de mujeres en los diferentes estamentos de justicia y de toma de decisiones. Esto podría garantizar unos mínimos de empatía con las víctimas de delitos propios de las violencias de género. En suma, podríamos decir que hoy se hace pertinente contemplar un enfoque feminista de la justicia.

Por otra parte, no está de más reafirmar la importancia de la transformación en la construcción de los vínculos intersubjetivos, sobre todo en aquellos que atañen a los dados entre hombres y mujeres. Es fundamental replantearnos a profundidad los valores en los que cimentamos nuestra cultura, dominada en casi todos los ámbitos por un modelo machista que exalta el individualismo, el uso desmedido de la fuerza, la violencia y la degradación del otro. En tiempos de las redes sociales esto se ha exacerbado, y el caso de la manda así lo refleja, pues hicieron alarde de su actuación presentando su conducta como triunfo y éxito de su condición de hombres.

La indignación prende cuando se dan las cosas por supuestas, cuando se asumen respuestas sin darle lugar al otro. Es una reacción a la necesidad de defender la dignidad humana, y esta debe ser protegida como el derecho que es, un derecho que se violenta cuando se tiene que actuar en contra de la voluntad propia. En estos casos, por ejemplo, no tendrían que llegar las mujeres a respuestas o reacciones violentas contra el otro. Un no debería ser suficiente.

 

Alejandro López Carmona es economista, magíster en Historia de la Universidad Nacional de Colombia. Es miembro fundador de la Corporación Cultural Estanislao Zuleta y actualmente es el director ejecutivo de la Fundación Confiar.

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