Del voto a la participación, de las cuotas a la paridad

Por Jenny Giraldo García
Opinión

Comunicadora social – periodista, en estudios de maestría en Estudios humanísticos. Realizadora de contenidos para Mujeres Confiar, coordinadora y realizadora radial del proyecto Cuarta Pared, coordinadora editorial de la revista Desde la Región, de la Corporación Región. Asociada a Confiar Cooperativa Financiera.

“De todas las fronteras, la de la política fue,
en todos los países, la más difícil de atravesar”.
Michelle Perrot. Mi historia de las mujeres

Por los días de nuestra conmemoración del derecho al voto en Colombia —60 años— se hizo pública una noticia esperanzadora: Valérie Plante fue elegida como la primera alcaldesa de la ciudad de Montreal. Una mujer joven en la política, con formación en ciencias humanas y experiencia en entornos comunitarios. Por los mismos días, en nuestro país, se presenta una enconada discusión sobre la participación de mujeres escritoras en un importante evento en París. Los escenarios públicos presentan un evidente problema de invisibilización de las mujeres. No importa si hablamos de política, artes o deporte, lo habitual es que predominen los hombres. Ellos hablan, exponen e imponen. Por eso, cuando no tenemos como exigencia y como criterio ético la participación femenina, ellas difícilmente aparecen.

En Colombia, las cifras de participación política de las mujeres no van bien, y aún nos falta un larguísimo camino para alcanzar la paridad: ocupamos el puesto 67 entre 142 países, y la última medición, según ONU Mujeres, nos puso 12 puestos por debajo de lo alcanzado anteriormente. Vamos en retroceso. Los cargos de elección popular ocupados por mujeres no alcanzan, en promedio, ni el 20%. Si seguimos a este paso, y para poner un ejemplo que parece descabellado, tendremos paridad en todas las instancias en el año 2.263. ¡Ni la nieta de mi tataranieta alcanzará a verlo!

“La democracia representa una potencialidad, la posibilidad de una inclusión, una promesa de universalidad”, esto lo dice Michel Perrot, en su libro Mi historia de las mujeres, refiriéndose a un contexto particular en el que la democracia nos abría las puertas de la participación a través del voto. Pero hoy, en Colombia, cuando nos enfrentamos a la implementación de un Acuerdo de Paz que busca, en últimas, la profundización de esa promesa democrática, debemos abrir las puertas de otra participación, ya no solo para elegir sino para ser elegidas, ya no solo para alcanzar las justas leyes de cuotas como acciones afirmativas, sino para hacer posible la paridad.

Recientemente, conocimos la noticia de la Jurisdicción Especial para la Paz, integrada en un 53% por mujeres con formación, ecuánimes y comprometidas. Hace poco, nos sorprendió también la selección de la Comisión de la Verdad, con cinco nombres de mujeres que han puesto su inteligencia y su corazón al servicio de la construcción de paz en Colombia. Las mujeres farianas presentaron sus tesis de mujer y género, y contamos, además, con la primera instancia para garantizar el enfoque de género en un proceso de paz. Sumar estas acciones y estas cifras y ahondar en el sentido de cada una de ellas nos permite decir que paz, democracia y equidad de género —contando en esta la participación política de las mujeres— constituyen una tríada que debe ser indestructible. Y un asunto primordial: en la historia de las mujeres hay grupos de ellas que han sufrido mayores niveles de exclusión: las afrodescendientes, las indígenas, las campesinas. Pensarnos un nuevo país, a partir de lo que el Acuerdo de Paz pretende, es pensar también en que la participación de las mujeres diversas sea una realidad.

Nuestro derecho al voto ya no es suficiente. Los movimientos sufragistas en el mundo fueron claves para la evolución de las costumbres que nos alienaban y para podernos pensar como sujetos políticos y como ciudadanas. Pero hoy reclamamos paridad, reconociendo que la norma es un nuevo punto de partida, pero que una vez esté sancionada, el reto es hacerla efectiva y convertirla en una realidad, pues siempre hay brechas entre el papel y la acción.

En Medellín, ciudad en la que vivo, elijo y participo, un amplio grupo de mujeres busca tener una candidata para las próximas elecciones a la alcaldía municipal. Unirnos, llegar a acuerdos y a consensos, poner la participación política y la paridad en el centro, debe ser una apuesta de todas.

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