Diosas. Misterios de lo divino femenino

Por Cristina Hincapié Hurtado

El eterno femenino / nos impulsa hacia lo alto”  

Fausto – Goethe

Es común, en nuestro lenguaje “moderno”, hablar de Dios relacionándolo con uno (el Dios del monoteísmo católico) y con una figura masculina –incluso, en algunas pinturas religiosas de los primeros siglos después de Cristo, en las que se representaba al Dios trinitario (Padre-Hijo-Espíritu Santo), se evidencia la masculinidad de los personajes en sus rasgos faciales y sus barbas, dejando una insinuación sin mucha claridad en el Espíritu Santo, representado, a la manera de los evangelios, por una paloma–, pero hablar de la Diosa resulta extraño y lejano para creyentes y no creyentes y ajeno a nuestros referentes, pues la asunción de la Virgen María la hizo Santa, más no Diosa. Sin embargo, antes de que los españoles trajeran la Cruz a América, nuestro continente estaba poblado por dioses y diosas, y ellas, de forma similar a lo que sucedía en Europa, Asia, África y el resto del mundo, estaban relacionadas con la naturaleza y la tierra.

De la misma manera que nos es común hablar de un Dios masculino, la cultura popular, los cuentos, los mitos y las leyendas han enaltecido siempre la figura de ‘el héroe’. Juan sin miedo, Alí Babá, Odiseo, Buda, Jesús, Ícaro, Batman, Neo, sólo por citar algunos, no son solo historias que entretienen; su función, psicológicamente hablando, es mostrar a los seres humanos los ciclos de la vida y guiarlos en este camino, hablar sobre los orígenes y los finales, los problemas y sus posibles soluciones, pues los mitos siempre han sido espejo del hombre.

En 1949, el mitólogo Josheph Campbell publicó uno de sus más reconocidos trabajos: El héroe de las mil caras, donde describe de manera magistral el viaje del héroe –o monomito– una teoría que impresionó e influenció a directores de cine como George Lucas y a grandes guionistas como Christopher Vogler, quienes encontraron en este término y en su descripción un esquema que no sólo se repetía en la gran mayoría de las narraciones a lo largo y ancho del mundo, sino que además podía servir como herramienta para crear impactantes historias.

Pero si hablamos de héroes y dioses, ¿dónde quedan las heroínas y las diosas?

Joseph Campbell nació el 26 de marzo de 1904 en Nueva York. Después de visitar el Museo Americano de Historia Natural pudo sentir el primer llamado de su vocación. Estudió biología y matemáticas, pero sabía que prefería las humanidades. Hoy es considerado uno de los mitólogos más importantes de los últimos siglos, y su trabajo tiene más eco e influencias de las que creemos o conocemos. Algunas críticas sobre los temas de género se hicieron presentes durante su vida. Aunque nunca realizó una publicación directa sobre las heroínas o las diosas, entre 1972 y 1986 impartió una serie de conferencias donde el tema central eran ellas, las diosas, conferencias que fueron reunidas y editadas por Safron Rossi, doctora en Estudios mitológicos, quien al seguir de cerca la obra de Campbell descubrió que si bien nunca había hecho publicaciones sobre las divinidades femeninas, ellas siempre habían estado presentes.

Las cuevas, según Campbell, aquellas en las que el ritual y el arte tenían lugar para el hombre primitivo, son “los úteros de la madre tierra”. Así, desde siempre, el hombre ha estado relacionado con las energías de lo femenino. Un posterior énfasis en la agricultura hizo que el culto y el ritual se centraran en las diosas; “puesto que la magia de la tierra y de las mujeres es la misma”, siguiendo al mitólogo,  la energía de lo divino femenino, como la naturaleza, es transformadora, abraza la semilla del pasado y la proyecta hacia el futuro.

Desde las diosas primitivas y lejanas del Paleolítico, el Neolítico y la Edad del Bronce, pasando por las diosas micénicas, sumerias y egipcias, hablando de Afrodita, Hera, Atenea, Ártemis, Astarté, Deméter y Perséfone, de las madres protectoras, de las diosas de la vida y de la muerte, de la fertilidad y la venganza, hasta llegar a la veneración a la Virgen María, Campbell nos propone en su libro un viaje que “traza el florecimiento de una Gran Diosa en las muchas diosas de la imaginación mítica, y aborda lo divino femenino” según Rossi.

Un libro que, además de invitarnos a un viaje histórico en busca de las diosas, nos recuerda que, para Campbell, “la transformación y resistencia de los poderes simbólicos arquetípicos de lo divino femenino, a pesar de los dos mil años de tradiciones religiosas patriarcales y monoteístas que han intentado excluirlos”, son potencias que debemos no solo reconocer sino también recobrar, en el intento de poblar de nuevo la tierra de elementos sagrados que nos permitan volver a amar la vida, la propia y la ajena, la del hombre, de la mujer, del diferente, del simio, del árbol y la tierra por igual.

 

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