El género y el orden simbólico

Carina Kaplan V.
Columnista invitada

Doctora en Educación. Profesora de Sociología de la educación en la universidades de La Plata y Buenos Aires. Directora del programa de investigación sobre transformaciones sociales, subjetividad y procesos educativos, del Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación de la UBA. Participará en el XXV seminario Maestras y maestros gestores de nuevos caminos.

El lenguaje, sea verbal o corporal, opera en el territorio de lo simbólico y de sus luchas. Cuando alguien no nos agrada, suele escucharse a modo de justificación la frase: “es por una cuestión de piel”. Una serie de representaciones y discursos compartidos se condensan tras esta idea naturalizada del sentido común. La piel socializada, con sus proximidades y distancias imaginarias, delimita la zona de las relaciones entre “nosotros” y “ellos”. Las palabras y las emociones nos envuelven, nos tocan, nos incluyen, nos someten y nos marginan. La “cuestión de piel” remite a la cuestión social vinculada al tratamiento de las diferencias y las desigualdades.

Cuando una niña, niño o joven es discriminado por su “color de piel” o por la “portación de rostro” se ponen en evidencia las formas de dominación corporal a través de este tipo de expresiones.  Se inferioriza así al otro que es diferente; reforzándose prejuicios.

A veces, cuando participo de instancias de formación de maestros y profesores, les pido que examinen junto a sus alumnos la denominación del lápiz “color piel”. Ese lápiz de color rosado, distante y contrastante en general con las pieles de las mayorías, representa la tonalidad dominante. El uso del lenguaje apunta a jerarquizar una piel que se considera de mayor valor (blanca) por sobre otras de menor valía social (morena, negra).  Y los matices no cuentan demasiado. Al nombrar ese lápiz como “de color piel”, y que todos sepamos de qué (y de quiénes) se trata, nos encontramos en presencia de una práctica cultural, pequeña pero no por ello menos significativa, cuya matriz oculta la biologización y esencialización de lo social: una piel se presenta como superior mientras que la otra es inferior. No todos los colores ni las tonalidades comparten idéntica valoración en las jerarquías sociales.

Y yendo de la piel al rostro, así se justificaba por su comportamiento un joven estudiante en una de las entrevistas de nuestra investigación sobre violencias y escuela: “Lo golpeo a mi compañero porque tiene cara de pobre”. Otro joven nos decía: “A ella la burlo porque es mujer”. Ser mujer, ser pobre se perciben como cualidades negativas de los compañeros y compañeras. Y si son humilladas, las chicas se sienten inferiores.

Quiere decir que existe una violencia simbólica que atraviesa a las relaciones que establecemos. Podemos decir que el dominio histórico sobre las mujeres no es parte de un orden natural sino que es una construcción social. Entonces, la vivencia de “inferioridad” en la postura corporal o el sentimiento de vergüenza de las mujeres que resulta de la violencia simbólica de la dominación no es intrínseca a la “naturaleza” femenina, sino que es atribuible a las relaciones de poder desigual de género. La violencia simbólica ejercida contra las mujeres conlleva un sufrimiento social que se hace carne y cuerpo en la subjetividad nombrada o silenciada.

Resulta muy importante, entonces, que reflexionemos sobre la discriminación social que, muchas veces, se repite en los vínculos escolares. ¿Cómo vamos a esperar que los estudiantes en las escuelas no se discriminen entre sí por ser mujer, por ser gay, por ser pobres, y por tantas otras cualidades, si nuestras sociedades insisten en mal-tratar-nos?

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