Hay una señora en su pasado

Este hombre habla de su esposa en un tono jocoso, el tono de alguien que, a fuerza de convivir con otra persona cuyos defectos parecen inmodificables, termina por convertirlos en anécdota divertida, en parte del folclor conyugal, y se refiere a ella con ese aire de benevolencia y reproche encubierto, común a las parejas cuya convivencia es, más que cualquiera otra cosa, una rutinaria costumbre que de tan repetida, se va convirtiendo en un mal necesario.

La señora es madura, atractiva, y su marido dice de ella lo que él mismo y muchos con él, han llegado a creer que es lo que debe decirse de todas las mujeres: que se demora dos o tres horas maquillándose y arreglándose para salir y que aún así siempre olvida algo y se queja de que no tuvo tiempo suficiente para alistarse; que su afición son las compras y su mayor placer consiste en permanecer largo rato en los almacenes, especialmente cuando hay gangas, y comprar cosas que muchas veces ni siquiera necesita pero que ella acumula obsesivamente; que es torpe, hablantinosa, superficial, y que ignora deliciosamente los asuntos del mundo, el origen del dinero, los conflictos políticos, y que palidece y llega al borde del desmayo frente a una cucaracha o a un ratón.

Este marido ha llegado a identificar de tal modo la conducta de su esposa con una condición femenina, parte de un destino inexorable, que no vacila en afirmar que su mayor satisfacción reside en el hecho de entender a su esposa, de comprenderla, porque sabe de antemano que una mujer que no se comporta como ella, no puede ser considerada una verdadera mujer y habrá qué pensar que más bien es un fenómeno, alguna mala jugada de la naturaleza. Lo malo es que las cosas que este hombre afirma acerca de las mujeres, son ciertas, y sería necio saltar a la defensiva y decir que se trata sólo de calumnias, producto del afán de denigrar y rebajar su imagen, o que simplemente son conductas aisladas que no constituyen prueba suficiente de una actitud femenina.

Pero aquí surge entonces, una cuestión fundamental: es necesario preguntarnos qué ha hecho posible esta conducta general de la mujer, en qué medida la sociedad, para dominarla, le ha asignado unos papeles tan minúsculos y unas responsabilidades tan domésticas y triviales, que ella se instala en esa condición insignificante, se toma en serio aquello de que su carta de triunfo equivale a una maquillaje y muchos trapos, que no es necesario saber, ni investigar, ni estudiar, y que su inseguridad es algo cómodo, que la exime de esfuerzos y responsabilidades, porque si uno grita cuando ve una cucaracha, suscita a su alrededor protección y ayuda y nadie va a exigirle desempeños difíciles o transcendentales.

De otro lado valdría la pena señalar hasta qué punto el comportamiento superficial de la mujer obedece a una necesidad de compensar sus hondas frustraciones, de llenar los grandes vacíos que la condición asignada deja en ella, aunque muchas veces no los perciba en forma consciente. Para sobrevivir, se vuelve entonces vanidosa, chismosa, mentirosa, y su combate con el mundo se reduce al empleo de armas mezquinas, porque su reino es la magia, la sinrazón, mientras el hombre asume la razón, se le encomienda el ordenamiento lógico del mundo.

Sin piso, porque se lo ha negado la sociedad que la discrimina, la mujer se refugia en su condición de señora, esa denominación que, más que un título, es una forma de conducta, y que se le entrega a cambio de su derecho a ser una persona. Ella acepta la transacción y se coloca en un lugar de inferioridad, para luego creerse el cuento de que es inferior por naturaleza, de que “las mujeres” son así. Inmovilizada por esa imposición social, no sólo se resigna, sino que llega muchas veces a acomodarse. De ahí la dificultad de la lucha de la mujer nueva, porque ha de combatir, primero, al enemigo que lleva dentro de su propio ser, como una segunda sustancia que la invade y la abarca.

Y aunque uno haya hecho la claridad, y haya dado combates, y logrado la afirmación de persona y la libertad del cuerpo y la voluntad de decidir, siente, de pronto, que la señora que le metieron en la sangre y en la mente como destino y como vocación, está todavía ahí, agazapada, atisbando, como un demonio sórdido y turbio, la posibilidad de una caída, la ocasión de una tregua. Un demonio que no duerme, que no descansa, y que trabaja en llave con la sociedad que tampoco se resigna a que las mujeres se les vayan de las manos y se apropien del hecho de pensar y de decidir.

Por eso la mujer nueva no puede instalarse en su libertad conquistada, como si ahí terminara su tarea y no tuviera nada qué ver con los estigmas del pasado. El asedio de una sociedad burguesa que, para sostenerse, necesita de manera muy especial de mujeres sumisas y conforme con sus mediocres papeles, es minucioso y permanente.

Mantener los ojos abiertos frente a tal asedio, constituye una tarea fundamental. Cerrarlos equivale a permitir que la señora que llevamos dormida despierte y se instale en nuestro íntimo territorio, y” vuelva añicos nuestra decisión de ser personas.

Publicado el 24 de febrero del 2017.

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