Huellas del Tiempo [Fragmentos]

Información Bibliográfica
Título: Huellas del Tiempo: Dignidad – Autonomía. Envejecimiento y Vejez
Autor: María Tila Uribe
Impresión: Orión, Editores Ltda. 2015

D E D I C A T O R I A
A todas las personas mayores, especialmente a quienes participaron con sus ideas, estímulo y pensamientos para enriquecer estas páginas en beneficio de la formación y el nuevo rol que están asumiendo como actoras sociales, al llevar adelante iniciativas, procesos y compromisos en defensa de sus derechos integrales.

¿QUE CUÁNTOS AÑOS TENGO?
(Fragmento)

Frecuentemente me preguntan qué cuántos años tengo…
¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.
Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo!
Unos dicen que ya soy viejo, otros que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente
y mi cerebro dicte.
Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen por qué decir: “eres muy joven, no lo lograrás”.
O “estás muy viejo, ya no podrás”
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma,
Pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos
Y las ilusiones se convierten en esperanza.
¿Qué cuántos años tengo? No necesito marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas…
Valen mucho más que eso.
Qué importa si cumplo sesenta, setenta o más!
Lo que importa es la edad que siento.

José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998

Este libro es una combinación de…un sólido aporte al tema de género y vejez, con una óptica de género realmente original. Excelente información y reflexiones sobre Colombia en relación con el envejecimiento, la vejez y la construcción de paz.
Un análisis de momentos claves en la historia del movimiento por los derechos de las personas mayores, y sus grandes hitos: Asamblea Mundial sobre Envejecimiento de Madrid y Declaración de Brasilia. Buenas cifras y análisis sin que sea denso y aburrido como muchos textos académicos. Perspectiva intergeneracional. Reflexiones filosóficas y poemas de grandes autores sobre la vejez.

La autora, María Tila Uribe, se formó ante todo en la acción comprometida y reflexiva. Es de la escuela de Paulo Freire, una convencida que los auténticos procesos educativos ocurren cuando el educador se da cuenta que es también aprendiz, que el conocimiento de la gente es de enorme valor, y que es en ese diálogo de saberes, facilitado con gran humildad y sencillez, que nacen las semillas de la transformación social.

James Blackburn Director para Colombia de HelpAge International

María Tila ha hecho de la lucha por la dignidad y la autonomía –como base de todos los derechos humanos- una razón fundamental de su ser y quehacer en la vida. Esto se refleja en los cinco capítulos que conforman estas ‘huellas del tiempo’, en los cuales combina vivencias y reflexiones personales surgidas de su experiencia, con información documental que las sustenta, enmarca y contextualiza.

Escrito, como ella bien lo afirma, desde ‘su condición de mujer mayor y con mirada de género’, este libro invita a cada paso al cuestionamiento… Centro de su atención son las personas marginadas y en este caso, las personas viejas, y sobre todo las mujeres viejas.

…Aboga por “visibilizar a los viejos, sin descalificar a los jóvenes”, porque fruto de tal descalificación por parte de la sociedad, es que Colombia siga siendo “tierra de generaciones perdidas”….Y esto, afirma María Tila, tiene mucho que ver con el creciente anhelo de lograr una Colombia en paz.
Elisa Dulcey-Ruiz

María Tila: Nos hacen falta personas que, más allá de los estereotipos y de los miedos, descubran la vejez…Lo logras cuando nos compartes tus reflexiones y hallazgos como la experiencia del Congreso Mundial sobre envejecimiento y el Congreso latinoamericano de Buenos Aires. …. Me has dado más argumentos para sentir la alegría y la responsabilidad de ser viejo.

Javier Darío Restrepo.

CAPÍTULO 2. ASAMBLEA MUNDIAL SOBRE ENVEJECIMIENTO

Creo, y lo dicen personas y organizaciones en el mundo, que la Asamblea Mundial sobre Envejecimiento en Madrid-España llevada a cabo por Naciones Unidas en la semana del 5 de abril de 2002, ha sido el hito más importante en el tratamiento del envejecimiento demográfico en el mundo. Imaginen ustedes 6.000 personas de todos los continentes que llegamos a Madrid para debatir y enfrentar los problemas del envejecimiento.
Era aquella marea humana un tejido de varias generaciones de muy distintas razas y creencias, aprendiendo de las experiencias y saberes de cada quien, convocando a espacios de reflexión sobre las teorías y las prácticas, poniendo el acento en los contextos, hablando de las formas de poder y las políticas sociales, contando de su país cómo se daban los intercambios, los tipos de participación, de ciudadanía y proponiendo la construcción de una realidad para las personas mayores del mundo a partir, y solo a partir de los derechos humanos.
La frase inicial con la que se abrió el evento fue contundente: Antes de que pasen 50 años, por primera vez en la historia habrá en el mundo más personas mayores de 60 años que menores de 15. La pronunció Kofi Annan, Secretario General de NN.UU. en ese momento.

El trabajo se realizó durante esa semana con la asistencia diaria a una plenaria de 7 a 9 de la mañana en un fantástico y descomunal teatro, donde se disponía de traducción simultánea; seguían más de 100 talleres diarios sesionando en las mañanas en cómodos salones, para los que había que inscribirse desde el día anterior. Recuerdo que varios de los amigos latinoamericanos me anotaron para que participara en los talleres de países en conflicto, obviamente por mi país de origen.
En lo que no había consenso era en el vocabulario, por lo menos quienes hablábamos castellano denominábamos la etapa de la vejez de distintas maneras: se le llamaba “Tercera edad”, pero igualmente nadie sabía cuándo comenzaba; no faltaba quienes la designaban etapa de abuelitos, pero quedaban mal con quienes no lo eran. Y también, como ahora, se empleaba el término “Adulto Mayor”, pero como el vocablo es masculino queda excluida la mitad o algo más de la población. Oficialmente Naciones Unidas usó “Personas Mayores”, expresión que fue adoptada durante el evento y que muchas personas, grupos y entidades preferimos utilizar en adelante.
En general, en los talleres y las mesas de trabajo, y también en las reuniones de las entidades gerontológicas que se encontraban sesionando en una ciudad cercana, se analizaron las oportunidades y los problemas asociados al envejecimiento en el contexto de 11 temas centrales, tres orientaciones prioritarias y 18 esferas de especial interés; de ahí salieron 239 recomendaciones para la adopción de medidas. El Plan requería cambios en las actitudes, las políticas y las prácticas a todos los niveles y en todos los sectores.
Como región, América Latina y el Caribe tuvo quizá la representación menos extensa: había presencia de grupos que asistieron por su cuenta a nombre de ONGs, pensionados u otras organizaciones; por cuenta de Help Age Internacional asistimos algo más de 50 personas de América Latina y cientos de participantes de todo el mundo. La delegación más vistosa fue la de África, de colorido fantástico por sus vestidos y sus túnicas; inmensa la delegación de Europa y Asia, seguidas por América del Norte y Oceanía.
En otro edificio sesionaban los representantes de 159 gobiernos incluidos los de Colombia: ellos elaboraron y firmaron los Acuerdos (conocidos posteriormente), y la “Declaración Política”. En cuanto a los Acuerdos, los hubo con redacciones cortas o extensas, caracterizados por su claridad, precisión y compromiso; otros se acogieron solo en parte, también los hubo confusos y hasta inacabados.
Los acuerdos de Colombia –a continuación- constan de 5 puntos, fueron firmados por el representante del gobierno de entonces, funcionario del Ministerio del Trabajo, Dr. Guillermo Banguero.

HOJA DE COMPROMISOS ADQUIRIDOS POR COLOMBIA

NUEVOS PARADIGMAS, MIRADAS Y ESCENARIOS
Todos los aspectos fueron de enorme interés en esta Conferencia: de una parte, los relacionados con las personas de edad y el desarrollo, el fomento a la salud y al bienestar en la vejez, y la creación de un entorno propicio y favorable”. En cuanto a las 239 recomendaciones para la acción, dirigidas a los gobiernos, las ONGs y las sociedades en general, fueron la guía en el qué hacer, teniendo en cuenta las diversidades de cada país. Bastaba con estudiarlas para saber por dónde se podía echar a andar.
Desde luego, el tema transversal fue el de Derechos Humanos. Simultáneamente a la Asamblea de Naciones Unidas, estábamos allí en Madrid en la Cumbre Alternativa de la Sociedad Civil, no solamente para referenciarnos sino para empoderarnos, para ejercer una presión social mundial sobre las determinaciones que allí pudieran tomarse. Y entonces nos decíamos: el instrumento que debemos impulsar se llama carta de derechos humanos, todo está ahí.
Porque de ello se desprendía algo trascendental: el enfoque. El cambio de la mirada tradicional del asistencialismo por el de derechos humanos, sobre todo para los países llamados por entonces del Tercer Mundo, pues algo más quedó escrito y aprobado en el Plan de Acción de Madrid: “Es un deber del Estado velar por los DDHH de todas y todos los ciudadanos, sin excepción”. “Ofrecer oportunidades, programas y apoyo para alentar a las personas de edad a participar en la vida cultural, económica, política y social”.
Se trataba entonces de dos enfoques diferentes: uno asistencial y otro participativo. El primero (lo tradicional) da a la vejez la misma mirada de conmiseración que se le da a la indigencia; los funcionarios trazan los auxilios, no desde una perspectiva social, sino de beneficencia. En el caso colombiano, mediante un programa oficial1, que daba mercaditos para un número limitado de viejos de estratos 1 y 22, o una suma de poca cobertura equivalente a 21 dólares al mes, que estaba por debajo de la línea de pobreza, pero al morir el agraciado esa suma se repartía entre dos: por lo tanto, quienes venían detrás de los más viejos deseaban la muerte de los primeros.
A diferencia del enfoque asistencial, el participativo es un enfoque de propuestas y ante todo un enfoque de derechos. Era como una apertura, era como algo nuevo que nos estaba ocurriendo.
Y aunque en América Latina algunos sectores democráticos venían hablando de derechos más o menos desde los años 80, esta visión no se había identificado claramente con la necesidad de “políticas integrales y reparadoras de las desigualdades sociales que el Estado debe asumir como su rol fundamental, teniendo en cuenta un trabajo permanente de inclusión y de creación de oportunidades”3.
Sucede entonces que con la mirada de derechos, la comunidad ya no puede ser pasiva; ya no es solo depositaria o beneficiaria de programas, sino titular de derechos, protagonista. Se trata de la esperanza de un trabajo conjunto para el bien común, para el mejoramiento de la calidad de vida en las comunidades, para priorizar acciones urgentes, como por ejemplo la seguridad alimentaria, y esto supone que en cualquier proceso en que las personas se comprometan deben prepararse para investigar, conformar veedurías u otras formas de control social y tomar decisiones. Es decir, alentar una transformación gradual de las tradiciones asistencialistas por nuevas prácticas que conviertan a sus integrantes en sujetos sociales y políticos de cambio.
Este enfoque privilegia la dignidad de las personas y corresponde a un Estado Social de Derecho, como es el caso Colombiano, de acuerdo a la Constitución de 1991.
Quedó atrás, entonces, la idea y la imagen del pobre viejecito o la pobre viejecita como individuos aislados, puesto que cada viejecito ha sido y es un ser social, y el hecho de pasar de ser un sujeto pasivo, únicamente receptor y por supuesto dependiente a convertirse en sujeto de derechos, con autonomía, es lo que produce un cambio o una transformación en la sociedad. Parece imposible pero no lo es: es el reto de la construcción de nuevas y diversas miradas sobre antiguos problemas, donde cada persona de cualquier edad participa y aporta de acuerdo a su condición y situación, pero en solidaridad con los demás.
Ahí nos encontramos con el verdadero sentido de aquellas premisas de Naciones Unidas, de ejercer una “Vejez Activa y Digna” y aspirar a “Una sociedad para todas las edades”, a las que siguieron los 5 principios de: independencia, participación, cuidados, autorrealización y dignidad.

CINCO PRINCIPIOS PARA UNA VEJEZ DIGNA

Los 5 principios constituyeron una base de los derechos de las personas mayores, un reconocimiento a la autoestima, a la autonomía, y una recuperación de la identidad. Cinco mensajes que se convirtieron en argumentos para tener en cuenta nuestras reivindicaciones: con base en ellos, por ejemplo, hicimos ver que las decisiones que se tomen para la vejez en cualquier espacio son más racionales y efectivas si en ellas se consulta y se involucra, de manera personal o colectiva, a los directamente afectados. Este razonamiento después lo pusimos en práctica, conjuntamente con el equipo directivo de HelpAge, en las reuniones regionales, donde usamos nombres para los Encuentros como: “Nada sobre nosotros, sin nosotros” (Lima) o “De beneficiarios a protagonistas” (Bogotá-Chía).
LO SOCIAL NO ES GASTO NI RIESGO, ES INVERSIÓN
No es que sea política oficial, sino de personajes en altos cargos, -influyentes e insensibles- por lo general cercanos al mundo financiero, quienes plantean lo social como “gasto”4. Si usted observa, siempre hablan de números y de costos, pero no de vejez. Dicen que en la medida en que aumente la población mayor en relación con los otros grupos de edad se crea un problema económico-social difícil de resolver; pero resulta que cualquiera ve o siente que el problema no es solo de los viejos, sino que es un problema estructural de todos los demás grupos humanos.
Es al contrario: el problema de fondo no se soluciona paliando casos individualizados y focalizados, y en cambio sí crea una situación que convierte la legislación en inoperante y desborda los costos para cualquier Estado; además, genera dependencia y minusvalía, inutiliza y vuelve vulnerable a la gente mayor.
Aún si siguiéramos esta lógica, lo social no es gasto, es inversión. Porque al invertir en las personas mayores se generan situaciones positivas en cadena que benefician a sus familias, a las comunidades y a la sociedad en su conjunto; lejos de ser una carga, quienes cuentan con pensión y pagan impuestos, invierten en la producción alimentaria o en otros gastos de la familia, en especial los abuelos en la educación de sus nietos. Y así no se cuente con ingresos ni pensión5, la mayoría de las mujeres respondemos por el cuidado de los enfermos y los quehaceres del hogar para facilitar que las hijas o hijos puedan ir al trabajo. Hay varios países suramericanos –Argentina, Bolivia, Chile y otros- en donde existen reconocimientos económicos y posibilidad de formación para que la vida de las señoras mayores sea algo más que lavar platos, cocinar, lavar ropa y repetir oficios sin descanso.

LOS VALORES
En esa inversión tan negada hay otros beneficios de tipo social que no tienen precio y si lo tuvieran no habría con qué pagarlos: los valores. Es sencillo: la gran mayoría de personas mayores viene del campo y fueron criadas y formadas con valores sociales, religiosos y emocionales propios de sus regiones o sus pueblos; por costumbre les gusta ayudar y compartir con los demás; decir, “es una persona trabajadora” era decir persona de valía, algo honorífico. A la gente del campo le enseñaron a comprender la naturaleza, y aunque en la ciudad se cambian ciertos hábitos, su solidaridad prevalece, así como el sentimiento de dignidad.
Igual para quienes nacimos en la ciudad: los valores que se consideraban importantes eran el saber que da la escuela de la vida, el valor de la palabra, el diálogo, la dignidad, la honradez: soy pobre pero honrado, haz el bien y no mires a quién, ni ojo en carta, ni mano en plata eran expresiones comunes que exaltaban virtudes, valores, respeto. Todavía siento la voz de la Directora del Liceo, Alicia Ruiz de Amórtegui, recalcándonos a diario en el colegio ¡El sentido de la responsabilidad!! Todavía me retumban las frases buenas hijas, buenas madres que ella nos pedía que escribiéramos al terminar cada tarea. Y lo hicimos lo mejor que pudimos.
En esto de los valores me refiero a los más simples, los que nos identifican a la mayoría de colombianos, porque con ellos se reconocen actos y sentimientos solidarios, como repartir un pan, hacer un favor, cuidar lo que se tiene, proteger el entorno, mirarnos a los ojos, decir gracias! Estos pequeños valores ayudan a fortalecer el tejido social, las relaciones intergeneracionales, los lazos familiares con las comunidades y nuestro entorno. Desde luego no me estoy refiriendo a aquellas personas mayores que se caracterizan por la avaricia, o que teniendo poder han sido portadoras de discriminaciones, humillaciones, situaciones inhumanas o peor aún, que han interiorizado la cultura de la violencia. Lastimosamente, este tipo de personas suelen existir en todas las sociedades, independientemente de la edad.
Algo especial, por ejemplo, es el aporte de las mujeres cuando mantenemos el gusto y el sabor de las comidas, típicas o no, o el conocimiento de las yerbas y los remedios caseros para las afecciones de la salud en el hogar. Además, somos contadoras de historias, de vivencias propias sobre acontecimientos pasados, porque no todo está en los libros: esa es otra manera cómo podemos recuperar relaciones de amistad y solidaridad en la familia y en la sociedad.
Hay algo último que debe tenerse en cuenta: el trabajo y el derecho al trabajo están íntimamente ligados a la dignidad y la autonomía de las personas mayores, entonces, no se pueden desconocer los aportes laborales y funcionales que han dado en el curso de sus vidas -incluidas mujeres no tan mayores- en el arte, la literatura, la ciencia, la investigación, la política, el periodismo, el deporte, en labores educativas y humanitarias. Por lo tanto, urge asignar valor económico, cultural y social a las contribuciones de las personas viejas, única forma de saldar la deuda que existe con esta población6.
Volvamos a la manera de actuar con carácter de dádiva y las consecuencias que deja: hay casos de viejos que se sienten humillados, pero se callan. Hay otros en que la persona se ve a sí misma como una carga y se aísla, se menosprecia, a veces hasta se equipara con lo indeseable. También hay grupos adocenados que agradecen esa “caridad”, y en vez de alzar la mano para proponer, se acostumbran a estirarla para pedir: una cachuchita, una sudaderita, para un pan…
Recuerdo con vergüenza ajena a un amigo extranjero que vino a conocer nuestra ciudad y subiendo a Monserrate encontró tanta gente vieja pidiendo que se llevó la idea de haber estado en un país de limosneros, y nos decía: es que aquí ustedes acostumbran al viejo a estirar la mano para pedir con ojos mendicantes…muy de perro.
Desde luego, entre los funcionarios igual hay personas que lideran procesos con otros criterios y otras actitudes porque les gusta el trabajo comunitario: se desempeñan como facilitadores, nunca como superiores, cuidan de no hacer esperar una o más horas para empezar la reunión, saben escuchar, hacen trabajo de campo y son acogedores en cualquier escenario. Estas personas no ejercen ningún tipo de paternalismo y por el contrario, impulsan comportamientos y actividades constructivas en los grupos; como dice el verso, esos son los indispensables y saben, desde luego, y sienten que: todos los que trabajan para recuperar la sabiduría y dignidad de los viejos son, en consecuencia, los buscadores de un tesoro perdido.
Y por lo general, son personas que lamentan el poco poder de decisión y de tiempo que tienen con la comunidad, y el hecho de que hay en las comunidades gente mayor que aún no saben exigir sus derechos como debieran.
Por el contrario, algo grave son los casos en los que se presentan grados de aprovechamiento por parte de gentes inescrupulosas que se sienten dueños de un grupo: como la situación que presencié en el entonces ancianato de un Municipio de Cundinamarca, donde desarrollábamos un proyecto piloto de producción de plantas medicinales: se trató de 180 cédulas de ciudadanía que estaban guardadas en el escritorio de la Directora –según decía- y se convirtieron en votos para un candidato en las elecciones: la Sra. firmaba a ruego7 por los ancianos, que no pasaban de cuarenta. O sea, utilización electoral a costa de la ruina y la miseria humana. Y es de extensa proporción en nuestro país que los muertos voten, pero no se ve por la manera como ocurre. Ojalá llegue el día en que se estudie esa situación extrema.

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