La economía, ¡con las mujeres!

Por Cristina Hincapié Hurtado

#ConversandoEnConfianza es una invitación al encuentro y a la reflexión. La Casa de la Cultura y la Cooperación Confiar abre sus puertas para proponerse como un espacio de diálogo en torno a diversos temas sobre los cuales es necesario avanzar en construcciones colectivas para la transformación social. En el mes de julio, tres invitadas especiales y el público asistente, se encontraron para conversar de la economía ¡con las mujeres!.

La economía ¡con las mujeres!, se planteó en este encuentro como una afirmación, ya que resulta evidente que este es un tema donde ellas no solo participan activamente sino que además se hace urgente que opinen, sean conscientes de sus aportes y que este tema tenga un abordaje con un enfoque diferencial, pues las causas estructurales de la pobreza tienen mucho que ver con la perspectiva bajo la que se ha visto el trabajo que realizan las mujeres.

Para Alma Rosa Ocampo Pérez, economista y docente, es importante aclarar por qué se dice que la pobreza tiene rostro femenino, y cómo esto se evidencia en las cifras y estadísticas que demuestran que «las mujeres pobres son las pobres de los pobres». Para ella, la pobreza y la desigualdad son fenómenos crecientes en Latinoamérica y se constituyen como una materia pendiente que requiere atención e intervención de los estados, ya que están relacionadas con los modelos de desarrollo actuales mediados por instituciones, normas y prácticas que definen el acceso de los individuos al uso y control de los recursos.

Pero, ¿qué es la pobreza? El filósofo y economista Amartya Sen señala que «una persona es pobre si carece de los recursos para ser capaz de realizar cierto número de actividades, y define cinco capacidades básicas que se relacionan con estas: permanecer vivos y gozar una larga vida; la capacidad de asegurar la reproducción de la especie, bien sea intergeneracional, biológica o culturalmente; la posibilidad de gozar de una vida saludable; la interacción para generar capital social; y la capacidad de tener conocimiento y libertad de expresión y pensamiento».  Si bien las mujeres se han visto históricamente relegadas a un segundo plano en todas ellas, la última actividad se ve considerablemente afectada debido a las construcciones sociales que se han hecho de la mujer, restringiendo mucho más los espacios de expresión para ellas en los que puedan decir lo que quieren y necesitan. La pobreza, entonces, señala Alma, «va más allá de la falta de dinero y tiene que ver con los derechos de las personas a una vida digna y que cubra sus necesidades básicas», lo que involucra los derechos sociales, económicos y culturales.

Existe otro factor que hace parte de los análisis en torno a la pobreza: el tiempo. Actualmente este se considera un bien muy valioso y la falta de él hace que hoy se hable de «pobreza de tiempo». Para asegurar la sobrevivencia muchas personas se ven obligadas a un alargamiento de la jornada laboral, lo que limita el espacio para descansar y recrearse, y aquí, de nuevo, las mujeres tienen todavía más riesgo de no poseerlo por la sobrecarga que se les ha impuesto en las tareas reproductivas y del cuidado.

Así, «la perspectiva de género plantea que las mujeres son pobres por subordinación; se les niega el acceso a la propiedad y a los recursos económicos. Y la única vía que les queda es el trabajo remunerado, pero en este ámbito también hay mucha desigualdad y discriminación para el ingreso y la permanencia en el mercado laboral», señala Alma. Todavía hoy, en una entrevista laboral, a una mujer se le pregunta si piensa tener hijos, y si las mujeres tienen bajos niveles de escolaridad o si pertenecen a comunidades afro, trans o indígenas, estos factores aumentan la escalera de dificultades que tienen para acceder a trabajos en condiciones de equidad.  Por si fuera poco, en ningún país de Latinoamérica existe la igualdad de ingreso por igual trabajo entre los géneros. En Colombia las estadísticas señalan que las mujeres, con igual o mayor capacidad que los hombres, ganan alrededor del 30% menos, no solo por la brecha salarial sino también porque no se les permite ocupar los mismos cargos debido a la «natural inclinación» a la maternidad y a la bondad con la que se les ha caracterizado.

Para seguir avanzando en la transformación de esta situación, Azucena Vélez Restrepo, socióloga y mutualista, propone estimular liderazgos femeninos encaminados a la política, la economía y el desarrollo comunitario, pues «el sometimiento nos ha dejado cierta timidez», señala. «Aunque el liderazgo en Colombia sea peligroso, se necesitan mujeres líderes, se requiere un liderazgo femenino para expandir la compasión y recordarnos que la meta es construir un mundo más solidario», apunta.  A esto se suma la falta de educación relacionada con la economía, el dinero, las diversas posibilidades de modelos económicos, y, especialmente la educación en pro de la equidad y la igualdad.

En este sentido, Liliana Moreno Betancur, economista y delegada de Confiar, señala la importancia de «transformar las posiciones que permiten la existencia de la discriminación y la desigualdad y que ponen en riesgo la calidad de vida de las mujeres». El reconocimiento del trabajo en los hogares y el trabajo comunitario que se hace en el ámbito rural y en los barrios populares es una tarea aún pendiente y los avances son significativos, pero pequeños. Por ejemplo, señala Liliana, durante mucho tiempo se había considerado a las amas de casa en las estadísticas como «población económicamente inactiva» y con esta caracterización se daba a entender que su trabajo no aportaba a la economía global. Este paso ya se ha superado logrando que en los estudios se mida el uso del tiempo para reconocer a las mujeres desempleadas las labores que realizan en el hogar; pero todavía queda mucho por hacer en lo real, más allá de los cifras.

Debe tenerse en cuenta también que las mujeres hacen un aporte fundamental en la dimensión relacionada con el aumento del capital social, lo que Alma considera, «es muy femenino, no innato, pero sí una característica muy femenina, ya que las mujeres son más proclives a juntarse y generar posibilidades de solidaridad y ayuda mutua». Sin embargo, la participación en redes sociales de intercambio presenta muchas dificultades para algunas, sobre todo cuando esto se relaciona con el acceso al poder político, lo que desemboca en el detrimento de la cultura democrática y solidaria en la sociedad.

Las mujeres creen en el cooperativismo y en la economía solidaria

Para la Plataforma Solidaria Confiar, la participación de las mujeres ha sido vital y hoy se constituye como un factor diferencial que ayuda a seguir caminando en pro de una política de género al interior de la Cooperativa.

En Confiar, el 74% de las empleadas son mujeres. Una cifra significativa que, sumada a las acciones propuestas desde el proyecto Mujeres Confiar, busca hacer un diagnóstico dentro de la cooperativa para visibilizar las prácticas que se han hecho con un enfoque de género y para trazar el camino de lo que falta por avanzar.

Así mismo, el 54% de la base social de Confiar son mujeres. Ellas juegan un papel vital para que la cooperativa sea posible, pues «las asociadas y ahorradoras de Confiar mueven la economía en la cooperativa», dice Jenny Giraldo García, directora de Formación de la Plataforma Solidaria.

El cooperativismo, señala Oswaldo León Gómez, gerente corporativo de Confiar, es un movimiento machista y masculino, por eso son importantes las cifras internas, así como el trabajo que se realiza en los territorios, donde las mujeres son protagonistas, y el apoyo que ellas encuentran en corporaciones como Fomentamos para acceder a los microcréditos que apoyan esta propuesta de economía solidaria con un enfoque de género.

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