La historia de Nicole Brown

El caso del señor Orenthal James Simpson es un ejemplo Individual del problema de la violencia ejercida en los Estados Unidos contra mujeres, por parte de sus esposos, amantes o compañeros ocasionales.

Y lo es independientemente del veredicto de ‘no culpable’ que el mismo Simpson acaba de recibir al final de un proceso jurídico, acusado del asesinato de su ex-exposa Nicole Brown y de un amigo de ésta, Ronald Goldman. En 1989, Simpson encaró ante la Unidad de violencia doméstica de Los Angeles un caso por lesiones graves, golpes y amenazas de muerte contra Nicole.

Hay testimonios de que en los últimos años, antes de su divorcio, ella había llamado varias veces a la policía, desde su lujosa residencia de Brentwood, para solicitar ayuda frente a las agresiones de Simpson. Entre sus amistades circulaban con frecuencia chismes acerca de contusiones en sus brazos y en su cuello. El incidente más grave sucedió después de la fiesta de año nuevo en 1989 cuando se produjo otra llamada a la policía por parte de la señora Simpson.

Amigos del matrimonio contaron entonces a los periodistas. que, al llegar los agentes, Nicole salió, en un estado frenético, de entre los arbustos del parque de la Mansión, gritando: ‘El me va a matar, me va a matad’. Tenía un labio partido, un ojo amoratado, heridas en las mejillas y huellas de apretamiento en su cuello.

Meses más tarde, Simpson, quien se abstuvo de negar o afirmar las acusaciones formales de violencia conyugal en su contra, fue conminado por el juez a pagar una multa de 700 dólares, con la recomendación de buscar una ayuda siquiátrica. Podría hablarse, pues, de un caso más, en un país donde, según estadísticas del FBI publicadas por el periódico The Miami Herald pocos meses después del asesinato de Nicole Brown, el 50 por ciento de las llamadas de auxilio que recibe la policía, se relacionan con violencia conyugal y el 52 por ciento de las mujeres asesinadas, lo son en circunstancias derivadas de esa misma violencia. Pero esa multa, como única pena, no le fue Impuesta a un anónimo negro norteamericano, sino a una rutilante estrella del fútbol, una especie de icono nacional, de leyenda viviente, distanciado de sus hermanos de raza y de miseria gracias al vertiginoso ascenso de su fama y de su dinero.

En aquel juicio menor, nada salió perdiendo el acusado: al fin y al cabo, una mujer golpeada por su esposo no constituye, ni allá ni aquí. asunto trascendental, sobre todo si quien la golpea es millonario y famoso. Su condición de mito no habría de ser opacada por esa otra, trivial y domestica, de cónyuge agresor y violento.

Sucede que un día, Nicole Brown aparece asesinada. Detrás de esa  historia, que terminó con la absolución del acusado, su ex-esposo, uno se pregunta por ella. Aún después de muerta, le cedió el paso al renombre de Simpson, de cuya vida pública sabemos casi todo: estrella de fútbol, comentarista de televisión, actor de Hollywood, modelo de anuncios comerciales, propietario de suntuosas mansiones; sus viajes, sus Ferrari. Y su rubia y hermosa esposa, a quien llevaba del brazo como un trofeo. Y su divorcio. ¿Pero, Nicole, quién era, quién fue? En una foto publicada días después de su asesinato, aparecen ambos en la época en que se conocieron, sentados en la tribuna de un estadio, el hermoso rostro de ella inclinado hacia él, su mano extendida en actitud de caricia, los labios de ambos próximos al beso. Y la larga trenza rubia de Nicole, descuidada. Un delicioso abandono.

Su hermana cuenta que muy joven quiso ser modelo y fotpgrafa, y que sus compañeros de clase le auguraban una deslumbrante carrera como estrella de cine. Se convirtió, en cambio, en la esposa de un famoso, a quien amó apasionadamente, desde el primer instante.

Nicole Brown fue conocida sólo como la novia, la esposa, la ex-esposa y ahora, para algunos, la víctima de O.J. Simpson. Nunca ella misma. La periodista Sara Rimen cuenta que, después de su divorcio, se le vela alegre: ‘Por primera vez podía tener sus propios amigos, planear sus paseos, comenzar una nueva vida. Ser la adolescente que nunca fue’. Pero muchos de sus allegados afirman que, aún después de divorciados, Simpson se mostraba posesivo frente a ella, la espiaba y la seguía.

Anna Ouindlen, columnista del New York Times, escribió lo siguiente el 24 de junio de 1994, a propósito del terrible asesinato: ‘Recuerden a Nicole Brown. Recuerden sus ojos amoratados y su miedo. Recuerden lo que le dijo a la policía: ‘El me va a matar’.

Publicado el 11 de octubre de 1997.

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