La paloma del nido

La escena tiene lugar en una inspección de policía de Medellín, a donde llega, entre otras personas, una mujer que ha resultado herida a media noche en una riña callejera. El inspector, no sólo a manera de reproche; sino además en un tono constituye de por sí una justificación de los hechos, se pregunta entre indignado e irónico qué diablos hace `a estas horas’ una mujer en la calle.

La anécdota ilustra una situación aberrante impuesta a la mujer como parte de su educación y de su condición ‘femenina’, al serle asignados por la sociedad unos determinados lugares y unos determinados horarios a los cuales debe ceñirse. Se le niega, pues, el derecho a la calle y se le dice que hay lugares para hombres solos a donde ella no debe arriesgarse. Su ingreso a dichos lugares constituye no sólo motivo de sorpresa o reproche, sino de asedio torpe y aun de abierto ataque físico.
Si una mujer entra a un café ‘para hombres’ a las diez de la noche, los vecinos de su mesa darán por descontado que cualquiera de ellos tiene el derecho de acercarse y abordarla, utilizando el hostigamiento verbal e incluso el manoseo y la agresión Vulgar. Y ese derecho, el de quien asume el ataque, aparece como algo natural e incuestionable, mientras será la mujer quien, al ocupar el sitio que le venga en gana y a la hora que lo desee, está violando las normas y causando así un desequilibrio en el ordenado mundo de las llamada buenas costumbres.

Mariana, una joven estudiante de medicina, quien hace su práctica de policlínica en horas nocturnas dos o tres veces a la semana, enfrenta el absurdo problema de que buscar un taxi para regresar a su casa después de las 12 de la noche, constituye un grave peligro para su integridad física y para su libertad individual, porque, siendo mujer, los choferes suponen haciendo uso de un derecho que es parte de su educación de machos que esa mujer es apenas una presa más, una cosa más, a la cual se le puede echar mano si a uno le da la gana. Han de hacerse la misma pregunta que se hace el señor Inspector: `¿Quién la manda a estar en la calle a estas horas’? Porque, como han dicho nuestros padres y nuestros abuelos y los padres de nuestros abuelos y los bisabuelos de nuestros bisabuelos, la calle es para el hombre. Una manera de excusar y de encubrir conductas violentas y arbitrarias y de negarle a la mujer un derecho que tendría que plantearse en el terreno de la mera igualdad.

Claro que para halagarla, se le dice que ella ha de preservar su dignidad entre la casa y, si es necesario permanecer afuera, que sea por lo menos en horas prudentes. Qué pobre dignidad a la cual es necesario echarle llave y candado y fijarle un horario especial. Se es digna, por ejemplo, de 8 a 12 y de 2 a 6 y de pronto, graciosamente, hasta un poco más tarde, siempre.y cuando vaya acompañada de un caballero, o se ciña a los sitios demarcados especialmente y no se le ocurra traspasar el umbral de aquellos a donde sólo pueden entrar los hombres, o transitar en horarios que son, también, sólo para hombres.

Al luchar por el derecho a la calle, que no es un hecho aislado ni un simple asunto de sitios y horarios, sino que va inserto en el proceso de su emancipación, la mujer consciente no hace otra cosa que rechazar la asignación arbitraria de un puesto determinado dentro de la sociedad y negar aquello que en cándidos versos-resumió Epifano Mejía interpretando lírica e inocentemente todo un código social: “Tú, como la paloma, para el nido. Y yo, como el león, para el combate”.

Las palomas se desperezan, despiertan de su fatal letargo, el nido trasciende su categoría de tibia corteza incuestionable, el león se debate entre su propia claridad o su derrota, y la posibilidad de un mundo mejor se erige en el lugar del mentiroso currucuteo.

Publicado el 30 de marzo de 1980.

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