La soledad de la mujer

Mi alegre, mi brillante, mi inteligente y clara amiga de juventud, me confiesa, al encontrarnos en esta mañana de febrero, después de tanto tiempo, que hace 18 años que no llora. Y se restrega los ojos, y se seca con rabia las escasas lágrimas, como si romper esa tradición fuese una claudicación imperdonable.

Yo miro su rostro angustiado y pienso que si uno lleva tantos años sin llorar, tiene qué haber sufrido mucho, tiene qué haber endurecido mucho detrás de esos ojos secos, ,detrás de esa mirada impotente. “Soy un caracol”, dice hablando más bien consigo misma.

La mirada impersonal, el gesto ausente, un aire de infinita soledad. “Mi concha tiene dos pisos, jarrón de flores en la sala, cocina, sirvienta, teléfono, almuerzo los miércoles con mis suegros, retrato de matrimonio sobre la mesa de noche, frasquito de perfume el día del aniversario, beso de despedida por las mañanas, televisión, aburrimiento, aburrimiento…”

Trato de decirle que quiero ver en ella a la mujer decidida y valiente que conocí hace años, y que basta sólo un acto de decisión, un gesto de coraje, una mirada hacia si misma, hacia la plenitud que alienta allá, en el fondo de su sangre. Ella responde, grita casi, que se siente vieja, y palpa obsesivamente las arrugas de su rostro, y me muestra la piel de su cuello. Cualquiera se asustaría ante esta anciana de 45 años cuyos recuerdos de vida plena llegan hasta el día de su matrimonio, se estrellan ahí contra ese muro negro de la desesperanza y la desilusión, se disuelven en la rabia y la amargura.

Tímidamente aventuro una posibilidad: trabajar. En cualquier cosa, por cualquier sueldo, tener un horario y una obligación, y la sensación vivificante de estar haciendo algo útil, de llegar cansada por las noches, de no ser una mantenida. Sonríe amargamente, casi le inspira compasión lo ingenuo de la propuesta. Perdió el hábito del trabajo, no sabría madrugar, ni coger el bus, perdió hasta la memoria de los oficios que antes desempeñó en la vida. Se descubre a sí misma en el recuerdo, como si se tratara de otra mujer; no se reconoce ya en la joven que iba y venia presurosa, con sus trajes descomplicados, y su escritorio, y su teléfono, y los clientes que la buscaban, y los problemas que debía enfrentar y solucionar a cada instante. ¿Dónde está esa mujer que tomaba vacaciones, y se pagaba los viajes y la ropa y la comida con su propio dinero, y se escapaba de pronto al cine y entraba en las librerías y descubría un libro con la misma pasión con que descubría cada momento de la vida? ¿La misma que sonaba con trabajar en el teatro y ser algún día una disciplinada y seria y admirada actriz?

Su marido no aceptó jamás la propuesta de seguir trabajando después de casada y ya ella no plantea siquiera esa posibilidad. Generoso con su dinero, mediante el cual garantiza y respalda cada uno de sus actos, no tolerarla nunca la vergüenza que para un macho como él sup-ne el hecho de “poner a trabajar” a su mujer. ¿Qué pensarían sus padres y sus amigos, qué explicación darle a los vecinos de enfrente?

Primero fueron las clases de francés y el gesto condescendiente de él frente a lo que consideraba caprichos de chiquilla loca, gesto que con los días se convirtió en amargo reproche por el abandono del hogar. Después fue la lectura, que ella recuperaba como un mecanismo de defensa, tratando de encontrar en los libros un sentido que trascendiera el simple papel de ama de casa. Y los chistes de él, en medio de su grupo de amigos, presentándola como una especie de monstruo, una mujer entregada a la lectura, una persona insoportable que se empeñaba en perder ese delicioso y femenino encanto de la ignorancia, llave mágica que abre las puertas de la paz conyugal.

Más tarde, con un hijo en los brazos, ya sin fuerzas para hacer nada distinto de lo que le había sido asignado, se repetía a sí misma que quizás este hombre tenia razón y que su verdadero y único papel estaba ahí, sentada en ese trono de cargazón, reina de esos pisos relucientes, de esos almuerzos impecables, de esas sábanas recién planchadas y de esa sonrisa rutinaria.

Ya no recuerda cuándo dejó de protestar, no puede precisar cuál fue el último libro, cuándo experimentó el último deseo de tirarse por la venta-na, el último intento de decidir por si misma. Recuerda, si, lejanas, las palabras de su madre, días antes del matrimonio, cuando solemne y grave le dijo a manera de regalo de bodas, que nunca una mujer debía contradecir a su esposo.

Quería entregarle, en esas palabras, suponía experiencia, su receta particular, la que ella consideraba la clave de una vida matrimonial que bien podía llamarse ejemplar. Por un instante, mi amiga parece asumir toda su impotencia, verifica su terrible, su inútil, su inmensa soledad, y llora por primera vez en 18 años. Pero recobra prontamente su compostura, adopta de nuevo el aire impersonal de las mujeres que han aprendido a vivir como ella, y nos despedimos sin palabras y sin ninguna esperanza posible.

Igual que su madre, todo en la impotencia de esta mujer anuncia que dejará a su hija, como herencia, el vergonzoso sentimiento de la resignación.

Publicado el 26 febrero de 1980.

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