La violación

Frente a los innumerables rostros de la violencia, ensartados dramáticamente en un siniestro cuadro, es necesario detenerse y considerar la violación sexual como un hecho que, por sus características, no puede ser mirado simplemente como otro delito que agregamos a la lista de la delincuencia cotidiana y que corre el riesgo de ser considerado con la misma indolencia en la cual ha caído la sociedad respecto de crímenes que deberían estremecerla.

Suscita una profunda reflexión imaginar el momento en el cual un hombre esgrime, contra una o varias mujeres, además de las armas acostumbradas en casos de asalto, su órgano viril convertido en puñal, en cuchillo, en instrumento de destrucción y de vejamen. Se da entonces la terrible contradicción de que una parte del cuerpo masculino, que se supone receptora de sensaciones eróticas, comunicadora de goce físico, de placer, surja como arma aniquiladora de otro cuerpo sometido por la fuerza.

Existen muchos y muy serios argumentos científicos que tratan de dilucidar comportamientos de esta naturaleza. Pero es necesario considerar el papel que en estas conductas ha de jugar el factor cultural, inserto en una educación que magnifica la condición masculina desde antes del nacimiento.
Ya en la infancia, los niños se familiarizan con las alusiones, casi siempre de tinte humorístico, de lo que deben ser las mejores características físicas de aquella que los mayores le proponen como ejemplo de un hombre de verdad.

Más tarde, ese “hombre de verdad” ha de ser confirmado de acuerdo con el número de sus conquistas, viéndose obligado, muchas veces, a mentir acerca de sus experiencias sexuales, por miedo a aparecer incapaz o disminuido. Se da, pues, en la vida del hombre, una permanente exigencia acerca de su potencia viril, potencia que llega a ser asimilada como factor de poder y de dominación. Para muchos, esa exigencia se convierte en obsesión y terminan por hacer del ejercicio de su sexualidad un dramático test, una prueba que confirme sus capacidades y cuyo resultado, siempre incierto, los llena de temor.

De ahí que el intercambio sexual que se ha dado en llamar “hacer el amor”, constituya, para este tipo de hombre, tan sólo un acto brusco de penetración, despojado de manifestaciones eróticas que constituyen la delicia de la aproximación amorosa. Depositario de los pavores e inseguridades del hombre, el cuerpo de la mujer se convierte en objeto de aniquilamiento y de venganza, y más lejos aún de conductas simultáneas con el hecho delincuencial.

Pero no es la violación sexual un acto exclusivo de delincuentes profesionales. Se da también en un encuentro casual, por la sola presencia de una mujer en el camino del violador o por hallarse ella sin compañía en algún recinto, o aún, si ambos se conocen o mantienen un trato personal, por el hecho de someterla a la fuerza a un intercambio en el cual ella no está interesada en aquel momento.

Sean cuales sean las características de la violación sexual, está latente, en la raíz más profunda de su estructura, la noción de inferioridad de la mujer que la sociedad ha construido desde tiempos inmemoriales, idea arbitraria que conduce, ciegamente, al atropello brutal.

Artículo publicado en El Colombiano el 20 de julio de 1994.

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