La voz de Natalia Orozco y El silencio de los fusiles

Vuelve a las salas del país El silencio de los fusiles, documental sobre el proceso de paz dirigido por la colombiana Natalia Orozco. La mejor recomendación para ver esta película es conocer un poco a su autora, sus motivaciones y sus sentimientos con relación a lo que ha pasado en el país.

Foto: Cortesía

Por: Jenny Giraldo García

Cuando comenzaba a rumorarse que el Gobierno de Colombia y las Farc estaban a punto de sentarse en una mesa de diálogo, Natalia Orozco estaba terminando su anterior película, Benghazi, más allá del frente armado, un documental sobre combatientes sin armas, ciudadanos y ciudadanas de Libia que se levantaron de forma pacífica contra el régimen de Gadhafi. Después del alto voltaje que supuso este trabajo, Natalia se unió a ese grupo de colombianos que comprendió que lo que venía para el país era una oportunidad única. Como documentalista, venía de ser testigo de manera directa de los horrores del conflicto armado; como periodista, se ha cuestionado lo absurdo de la guerra, ha sentido indignación por la injusticia y por los métodos de todas las partes, así que sintió que “si quería ser consecuente, no tenía otra opción que hacer ese documental”. Y emprendió un viaje de Francia a Colombia que, pensó, duraría un año, pues era el tiempo estimado para el proceso de paz.

Pasaron cinco años, meses y meses de trabajo, de viajes, muchísimas horas de grabación, pérdidas, sacrificios, cambios y decisiones estructurales que afectaron su vida personal. La mesa de negociaciones en La Habana avanzaba y, mientras tanto, Natalia iba negociando con ella misma, pues ya había emprendido la aventura de registrar este momento histórico y por nada del mundo podía declinar.

Y quizás los tiempos del proceso, esos ritmos que ni los mismos negociadores previeron, favorecieron el tiempo del documental, pues esos personajes que Natalia logró retratar, con sus lágrimas, sus miedos, sus chistes, sus preguntas, sus esperanzas, con su humanidad, aparecen así ante el público gracias a la confianza que ella logró construir, y eso sólo se logra con tiempo. “Me di el tiempo para ver más allá de los lugares comunes, esa es la diferencia entre la periodista y la documentalista, y hubo momentos de empatía profundos con todos: con los guerrilleros, los militares y los políticos, y no sé a cuál de los tres les tenía más miedo”, nos cuenta Natalia Orozco.

Y otra tarea importante para generar la confianza de los hombres y mujeres que aparecen en el documental fue “apagar el chip de lo bueno y de lo malo”, un reto cuando hemos sido educados, precisamente, para diferenciar el bien del mal. Esta no es una historia de buenos y malos, es la historia de la guerra y sus lógicas monstruosas, sin importar de qué bando provengan.

¿Pero qué era lo que realmente quería contar Natalia con El silencio de los fusiles? Su apuesta fue “contar cómo dos visiones de mundo irreconciliables, completamente opuestas, con diferencias abismales, intentaban sentarse en una mesa para superar esos desencuentros a través de algo diferente a lo que siempre había utilizado que era la violencia”. Lo demás que el documental ha traído: sensibilizar a los espectadores sobre la importancia de este Acuerdo y los difíciles caminos para la construcción de paz, humanizar a los guerreros de cualquiera de las partes, tocar las fibras de quienes lo han visto, es para ella un regalo, es lo que el público elabora con lo que ella ha dispuesto. “Yo simplemente quería dejar en un documental un momento histórico para el país”.

Y claro, la han criticado. Hay quienes le dicen que debió haber contado desde la perspectiva de las víctimas, o que debió haberle dado más lugar a Uribe y a los opositores del Acuerdo para hacer un documento más equilibrado. Pero, destaca ella, esas críticas se han dado desde el respeto, desde la razón y con argumentos. Para Natalia, esa es una demostración de  que podemos estar en desacuerdo y hacerlo evidente sin más armas que las palabras. Frente a esas críticas, también es importante resaltar que esa es una apuesta política, este es un documental sobre los actores del proceso, sus vivencias y sus transformaciones durante estos cuatro años. Vale la pena citar a Pedro Adrián Zuluaga, curador del Festival Internacional de Cine de Cartagena y uno de los responsables de que El silencio de los fusiles abriera la edición de este año: “¿Y si resulta que esa vocinglería uribista es desarticulada ella misma y por lo tanto no merece tener un lugar, ya no digamos en el documental sino en este momento histórico? ¿Y si el periodismo en vez de servir de caja de resonancia al sátrapa y a su nostalgia desesperada de poder, lo ignorara? ¿Tendría la misma relevancia en el referido espacio social y político?”. En un país plagado de medios que sirven de altavoz para ciertas voces y ciertas posturas, en un país de cuentas de Twitter cargadas de veneno, de palabras mezquinas y de odios, bien le hace a la opinión pública que se guarden ciertos silencios.

Hoy Natalia Orozco se siente revitalizada, se encontró en las salas de cine a una Colombia muy diferente a esa que se muestra polarizada y cargada de odios históricos que a veces no es capaz ni de explicar. Una Colombia que se conmueve, que llora, se ríe y se respeta. Hoy se siente lista para volver a empezar, para emprender nuevos proyectos y para contar otras historias. Sin embargo, dice tener la responsabilidad de entregarle al país este documental de la mejor manera posible, más allá de la exhibición comercial. Por ahora, como parte de los acuerdos para su financiación, no tiene los derechos de exhibición en Colombia, por eso no es tan fácil cuando alguien la llama a proponerle que lo presenten aquí o allá; sin embargo, está a la espera de ese momento en el que tenga la posibilidad de distribuirlo con fines educativos y culturales, y espera que pueda ser visto en muchas regiones del país, en aquellas ampliamente afectadas por el conflicto armado y en esas completamente indiferentes al mismo. Está en la búsqueda de aliados, pues no se trata sólo de proyectar la película, quiere hacer talleres sobre negociación pacífica, sobre palabra no violenta. Y quiere que otros lo hagan, que El silencio de los fusiles sea una herramienta que detone procesos, que le dé lugar a la conversación y la reflexión. Ese es, para ella, el futuro de esta pieza.

También está feliz, siente que valió la pena. Lo sintió por primera vez en el Festival de Cartagena, cuando protagonistas de su documental, como Pastor Alape y Humberto de la Calle, se sentaron en el mismo espacio y frente a la misma pantalla a ver la misma película, una que hablaba sobre ellos y sus desencuentros, pero que también los hacía portadores de la esperanza de un país. Sigue convencida de que la negociación es la vía, de que las armas nunca serán la solución, aprendió que la guerra hay que mirarla con un filtro distinto al de la moral y que son muchas y muy complejas aristas de la dimensión humana las que se ponen en juego. Y eso fue lo que ella quiso poner en su aplaudido documental.

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El silencio de los fusiles se proyecta en las salas de Cine Colombia hasta el 30 de julio. Pueden consultar la cartelera aquí.

En Medellín tendrá dos funciones especiales en el Museo de Arte Moderno, el 27 de julio a las 8:00 p.m., con participación de la directora, y el 28 de julio a las 4:30 p.m.

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