Las luchas de ellas

Por: Elizabeth Giraldo Giraldo

Columnista invitada

Historiadora, especialista en estudios urbanos y máster en urbanismo. Miembro de Corpozuleta y actualmente su directora. Formadora y gestora cultural.

¿Qué es ser mujer? Una pregunta que fue punto de partida ante la tarea que nos propusimos de conversar entre tres mujeres: Victoria, Alejandra y yo, sobre Las luchas de ellas1, las luchas de nosotras. No dar por sentado lo que nos define como mujeres fue la primicia. La sencillez aparente de la pregunta nos fue llevando ante la gigantesca dificultad de no solo ponernos en duda, sino pensarnos desde allí y ser capaces de engendrar nuevas identidades, es decir, nuevas afirmaciones e interrogantes sobre lo que somos. El no suponer que las mujeres somos esencialmente algo, maternales o sentimentales por ejemplo, nos permitió explorar y encontrar las ideas, las experiencias concretas y los conocimientos que nos conforman a cada una y, al mismo tiempo, ver la multiplicidad de aquellas a quienes socialmente llamamos mujeres.

Justamente Alejandra y Victoria encarnan esta diversidad, dos mujeres con vidas avocadas a luchas muy distintas. Alejandra nos habló desde la marca que dejó la muerte de su padre, asesinado junto con otros miles de militantes de la aniquilida UP, y hoy se ve a sí misma como una víctima con voz, que exige al Estado verdad y reconocimiento por sus acciones violentas. Es una mujer que trabaja porque el olvido no sea la estela que revista la ciudad, poniendo los nombres propios de quienes han sido desaparecidos y asesinados.

Victoria, una excombatiente que conoció de cerca la vida de campesinos y campesinas, tempranamente se identifica con el comunismo, camino en el que elige la toma de las armas y hacer parte de una organización que hoy, después de cinco décadas de guerra, decide participar de una salida política ante las diferencias ideológicas y de proyectos de país. Ella busca que al interior de las FARC las mujeres tengan paridad, que la igualdad lograda en la guerra se sostenga en la paz.

En medio de una conversación elocuente, intensa y comprometida, la identidad se puso en movimiento y la palabra realizó uno de sus efectos posibles: ser aire y penetrar, levantar capas de sentido común y permitir encontrarnos en el difícil ejercicio de definirnos sin andar el camino de lo dado, de lo que nos han dicho siempre que debemos ser, permitir que la pregunta se realizara en su fuerza trastornadora y nos posibilitara descubrir nuevas luces, también sombras, de lo que somos.

Un primer hallazgo fue reconocer que más que ser mujer se va siendo mujer, queriendo decir con ello que permanentemente nos estamos tejiendo con los ideales que se cultivan diariamente, con las acciones y luchas que se emprenden, con los encuentros, con los dolores y fracasos, con el cotidiano trabajo por un país distinto. Allí han venido siendo estas mujeres, allí estamos siendo.

Un segundo descubrimiento fueron las palabras que acompañan el ser mujer: luchadora contra el olvido, buscadora de la verdad, defensora de derechos humanos, combatiente por un paìs con justicia social, militante, feminista, palabras que fueron emergiendo no como decoros sino como marcas profundas, es decir, tejedoras de identidad, de estas mujeres que me acompañaron esa noche.

En medio de estos y otros hallazgos de la conversación bellamente tejida entre unas mujeres fuertes y políticamente enraizadas, se afirmó en mí una convicción latiente de que son las luchas las que nos pueden llevar a tener asuntos comunes, a tener intereses compartidos. ¡Un salto gigante! Pasar de suponer que por el hecho de tener rasgos biológicos compartidos ya tendríamos una esencia que nos definiera, a pensar que son las formas de la cultura y de las relaciones sociales las que nos ponen en diversas situaciones de subordinación, entendiéndola como reducción o limitación de nuestra autonomía para pensar, actuar y decidir, y que justamente por estar allí, en el contexto de la cultura, es posible luchar porque sean distintas.

Entonces, ¿qué nos puede unir? El poder ser otras, en el sentido profundo de transformarse individual y colectivamente, en el sentido político de ponerse en el lugar de otras y otros, en buscar conquistar el tiempo y el espacio social y vital para ensanchar nuestras existencias con objetivos de libertad y justicia. En suma, una decisión de la vida compleja.

Y al decir compleja no quiero decir que sea algo que solo le puede ocurrir a unas cuantas o algo que solo sucede en los espacios políticos tradicionales. Por el contrario, ser capaces de construir en el día a día, exigir relaciones de igualdad en la vida práctica y cotidiana, allí donde los rasgos de la cultura actúan con todo su peso y por lo mismo más facilmente los podemos obviar y dejar de interrogar.

Ahora, la lucha por poder ser necesariamente se une con otras luchas, pues ser también tiene que ver con cómo funcionan la economía, las relaciones laborales, el sistema político, las acciones de estado. Y en este momento emerje otro hallazgo en nuestra conversación, un punto de divergencia entre las conversadoras y que nos pone ante escenarios con niveles distintos para el accionar político. Este hallazgo tuvo forma de pregunta: ¿dónde está el poder de las mujeres? De un lado se habló de la capacidad de organización cotidiana, de combate en lo íntimo, familiar y vecinal; del otro, de la necesidad de ocupar los espacios de poder tradicionalmente cooptados por los hombres. ¿Existe acá una contradicción? ¿Es necesario eligir una y otra expresión del poder? O, por el contrario, ¿estamos llamadas a actuar en uno y otro frente?

Si la dignidad nos impele a tejer en lo cotidiano otros vínculos, lo político nos pone el reto de la participación política y pública. Otras relaciones son necesarias tanto con quienes compartimos cotidianamente como en los espacios de participación de la vida pública. Y en este punto, que mejor son puntos suspensivos, fue llegando a su fin nuestra conversación con la sensación de que algo enriquecedor había ocurrido, con la esperanza  habitando un espacio más grande y por supuesto con el reto ineludible de seguir pensando y actuando el lugar de las mujeres.


1 El 5 de julio de 2017 en el marco de La Conversación del Miércoles, proyecto de formación ciudadana organizado por la Corporación Cultural Estanislao Zuleta y apoyado por un conjunto de aliados, entre ellos la Cooperativa Confiar, se realizó este encuentro que reunió a Victoria Sandino, feminista, excombatiente  y vocera de las FARC, y a Alejandra Gaviria, vocera del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado y hace parte de H.I.J.O.S Colombia. Un encuentro que nos permitió, en dos horas que pasaron rápidas y profundas, una vivencia de la democracia, de la posibilidad que tenemos colombianos y colombianas de tener momentos de debate y diálogo abierto basados en el respeto a la diferencia, a la palabra del Otro, una pequeña apertura, a escala humana, hacia un país más diverso y democrático, un país que se da la oportunidad de conocer al Otro.

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