Llévate mis amores

Por Cristina Hincapié Hurtado

Llévate mis amores es una película documental mexicana que cuenta la historia de Las Patronas, un colectivo formado por tres generaciones de mujeres que desde hace veintidós años cocinan voluntariamente para dar comida a los migrantes que viajan sobre La Bestia.

“Para mí no es una película de migración, sino más bien de solidaridad, de humanidad, de ayuda al otro”, es una de las primeras cosas que me dice Arturo sobre Llévate mis amores, el documental en el que cuenta la historia de Norma, Bernarda, Daniela, Fabiola, Karla, Leonila, Lorena, Rosa, Nila, Toña, Karina, Blanca,  Julia, Lupe y Mariela. Y es que realmente Las Patronas, como son conocidas este grupo de voluntarias, habitantes de la comunidad La Patrona en el centro del estado de Veracruz-México, tienen un corazón tan grande que nos enseñan a ver a los migrantes como lo que verdaderamente son, seres humanos que atraviesan una situación no sólo de desarraigo y exclusión, sino también de dolor, de violencia, de hambre y pobreza.

Los hermanos migrantes

En junio de 2016, la Organización de Naciones Unidas reconoció, por medio de su Agencia para los Refugiados (Acnur), que el desplazamiento de personas provenientes de Centroamérica hacia Estados Unidos obedece a una crisis humanitaria, pues la gran mayoría de ellos huye de sus países porque han sido víctimas de pandillas y grupos criminales (Ver reporte de la ONU). En un estudio publicado en el año 2014, donde se recogen cifras y se intenta dar un diagnóstico sobre la migración centroamericana en tránsito por México hacia Estados Unidos, se considera que el principal medio de desplazamiento utilizado por los migrantes es el autobús, otros lo intentan caminando, un poco menos en camiones de carga, y un 20% lo hacen en el ferrocarril. La Bestia es el nombre que recibe una red de ferrocarriles de carga que une las fronteras sur y norte de México, y que transporta, además de partes de autos, químicos o semillas, cientos de miles de migrantes, la mayoría centroamericanos, provenientes de países como Guatemala, Honduras, Nicaragua y el Salvador, buscando llegar a la frontera con Estados Unidos. También se le conoce como el tren de los desconocidos. Este viaje, además de ilegal, es peligroso y difícil. Quien se sube a la Bestia se expone a soportar las inclemencias del clima, desde hipotermias hasta insolaciones, a tristes y desoladas noches sin saber qué les pasará mañana ni cómo están los familiares a los que han dejado atrás, a la posibilidad de perder un miembro por la velocidad y la fuerza del tren, a ser violados, golpeados o explotados por grupos que se aprovechan de sus situación y a días enteros soportando el hambre (Ver: La Ruta del Migrante, un especial de Televisa).

“No importa si son migrantes o no, se está ayudando a un ser vivo”, dicen Las Patronas, y es que cuando ellas se refieren a los migrantes, anteponen la palabra hermanos. Dicen que de los más de 500 mil migrantes que viajan al año en la Bestia, el 90% son abastecidos por ellas, y entre quienes arriesgan sus vidas tratando de alcanzar ese “sueño americano” que tanto nos vendieron, no solo ya son “famosas”, sino también esperadas y bendecidas por el bocado de comida que reciben de sus manos.

Las Patronas

–¡Tenemos hambre, madrecita!–, fue lo que escuchó un día Norma cuando se cruzó de frente el tren que pasaba cerca de su casa, mientras volvía de la tienda con un pan y leche. La voz venía de uno de miles que en el techo del tren se perdía tan rápido como había aparecido, pero se repetía en su cabeza y en su corazón. Hace veintidós años ni Norma, ni Rosa, ni doña Leo sabían qué significaba la palabra migrante, ni dónde quedaba Guatemala, ni mucho menos quiénes eran las personas que viajaban con hambre en el techo de la Bestia, pero el desconocimiento no fue más grande que el deseo de ayudar y la voluntad de calmar un instinto básico como el hambre.

Desde ese día, cada día, desde muy temprano, este grupo de mujeres empieza a cocinar. Todo el día, todos los días, desde hace veintidós años, se levantan a realizar las tareas que se han designado en la cocina comunitaria en la que ya son catorce mujeres. Recoger el pan de la vecina que les ayuda, prender la leña para montar el fogón, lavar las botellas que sus familias y amigos les han ayudado a reciclar, revolver el arroz y, más tarde, empacar los “lonches”-una comida rápida, ligera, una merienda o bocado- en bolsas limpias y amarrarlas de a dos para que sea más fácil entregarlas a quienes pasan a toda velocidad en el tren.

La tarea de estas mujeres, quienes han sido ya reconocidas con premios como el Premio Nacional de Derechos Humanos en el 2013 y que fueron nominadas al Premio Princesa de Asturias en el 2015 no solo es admirable. Para Arturo González Villaseñor, quien estuvo con ellas durante muchos meses documentando su historia, no solo fue importante “darse cuenta que el alimento era algo que significaba la vida o la muerte para muchas personas”, sino también, y sobre todo, que éste no era un bocado como cualquiera que se regala a quien no lo tiene, pues ellas “tres veces al día hacen arroz, y no solo arroz, sino que le impregnaban tomate porque el arroz blanco no sabía rico”. Cada bolsa se lleva caliente, el agua es limpia y las botellas se limpian con el mismo cuidado con el que lavan las mamilas de un bebé. Ellas se preocupan mucho por lo que hacen y lo hacen con un amor muy maternal, cuidando que los alimentos que los migrantes se lleven sean los mismos e igual de cuidados que los que comen sus familias todos los días.

Además de la comida que día a día entregan estas mujeres, sus casas han sido el hogar para muchos de ellos. Enfermos, heridos, con hambre o tristes, llegan cientos de personas al año a tocar las puertas de sus casas, pues “no existe horario para los migrantes”, y ellas, sin reparar en quién, de dónde o cómo es el que ha tocado la puerta, abren sus casas a desconocidos a cualquier hora, les preparan café, les dan pan, una cama y una cobija. “Las 24 horas del día, los 365 días del año están dispuestas a ayudar”.

Llévate mis amores

Arturo tiene 30 años, estudió comunicación social en una universidad mexicana y hoy sabe lo afortunada que ha sido su historia de vida. Un día en su práctica profesional visitó una radio comunitaria, cerca de la comunidad La Patrona, en el estado de Veracruz. Ahí escuchó hablar de ellas por primera vez: mientras el tren pasaba, un grupo de mujeres salía a las vías con carretas llenas de bolsas de comida y botellas recicladas con agua limpia para ayudar a los migrantes abasteciéndolos de frijol, arroz, tortilla o huevo. Era una historia de no creer.

Esa idea de ayudar a los demás, “haciendo el bien sin mirar a quién” como reza el dicho, le llamó la atención a este joven, quien después de ese primer contacto decidió regresar, pero ahora con un equipo humano y técnico para quedarse a convivir con ellas y poder documentar esa parte humana, pues, para Arturo, los documentales y reportajes que existían ya sobre las patronas se quedaban solo en lo que hacen, sin contarnos que detrás de esto había unas mujeres empoderadas, con sueños y limitaciones, que transgredieron los límites que imponen los roles en un país como México, donde “el machismo está muy arraigado y les impide hacer otras cosas que no sea lavar los trastes, cocinar”.

Llévate mis amores es una película documental dirigida por Arturo Villaseñor, 1 hora y treinta minutos donde las jornadas de preparación de los alimentos se alternan con la historia de estas valientes mujeres. Su nombre habla no solo del verdadero amor que ponen en cada una de las preparaciones, sino también de los romances furtivos que algunas de ellas tienen con un migrante que baja del tren y se les roba el corazón. Estas mujeres entregan amor, “pero es un amor pasajero, ellas se desprenden porque los migrantes tienen que irse y a veces jamás vuelven a saber de ellos, pero queda ese amor, duradero pero efímero”, dice Arturo mientras nos cuenta que fue su hermana la que eligió el nombre de la película.

Para el equipo documental, la película debía tratar de ellas, no de los migrantes, sino “de una comunidad organizada por estas mujeres”. Mucho y poco se sabe del trabajo de Las Patronas, pero Arturo “quería mostrar una semilla que alimentara la esperanza por rescatar lo mejor de la solidaridad, un camino hacia lo humano”. Llévate mis amores nos cuenta quiénes son estas 15 mujeres. “Ellas no sabían quiénes eran y eso marca la estructura de la película para descubrir quiénes son. Por más que nosotros las describiéramos como madres, heroínas, defensoras de los derechos humanos, ellas no sabían quiénes eran. No son mujeres súper dotadas, ni santas, son mujeres como cualquiera de nosotros que un día decidieron ayudar al otro”, dice Arturo. No son mujeres ricas, ni mucho menos se enriquecen con lo que hacen, tampoco están haciendo nada ilegal, ni se lucran en lo más mínimo de su trabajo, pero están llenas de alegría y ganas de ayudar, y esperan cada día, con la ansiedad de quien espera algo que desea, que el sonido del tren les indique que es hora de salir a ayudar, pues, como dice Bernarda, “Dios no puso barreras en ningún país, las barreras las estamos poniendo nosotros”.

 

Una historia de amor...

Para Arturo, de todas las historias que conoció en los 5 años de rodaje, la que más lo impactó fue cuando “en una ocasión el tren había pasado unas 4 veces y ya no había comida para abastecer a los migrantes, pero les avisaron que venía un tren y que traía muchas personas. Lo único que tenían eran huevos. Entonces se les ocurrió hacer huevos cocidos. Todos empezamos a ayudar y a embolsar los huevos, cuando ellas dicen –¿pero cómo se van a comer esos huevos?. Un huevo cocido no sabe rico, hay que darles limón y sal–. Entonces empezaron a hacer bolsitas muy pequeñas para empacar sal, y salieron a conseguir limones porque no tenían. Imagínate hacer eso para 300 huevos y más cuando ya habían entregado 40 kilos de arroz, 40 kilos de frijol, y ya no tienes más qué dar, solo el huevo. En una situación de esas lo único que piensas es en meterlos en bolsas y darlos pero ellas pensaban -no les va a saber rico, ¿cómo se los vamos a dar así-. Eso me dejó impactado, con el mismo amor que le cocinaban a sus familias lo hacían para ayudar.

Llévate mis amores ha estado en más de cincuenta festivales de cine y documental en el mundo. La película saldrá a la venta próximamente con un libro de recetas de Las Patronas.


Para saber más sobre la película:

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Llévate mis amores en Twitter

Blog de La Patrona 

Y para donaciones y ayudas a Las Patronas, escribir a Norma Romero: lapatrona.laesperanza@gmail.com

 

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