Los años escondidos [Fragmentos]

Información Bibliográfica
Título: Los años escondidos. Sueños y rebeldías en la época del veinte
Autor: María Tila Uribe
Primera Edición: Cerec-Cestra, Santafé de Bogotá, 1994
Cuarta Edición: Cestra, 2015

Presentación
La primera idea para la existencia de este libro se remonta quizá a 76 ó 77 años, cuando los protagonistas de los hechos que voy a relatar nos decían: “prometan que cuando sean grandes van a escribir esta historia”. Con el propósito de cumplir aquella promesa y el compromiso de develar su escondida memoria para la vida del país, comencé a escribirla medio siglo después, en los años 80.

PRÓLOGO

Fernando Hernández Valencia.
Bogotá D. C Director Ejecutivo.
Corporación Nuevo Arco Iris.

En este momento en que los colombianos estamos abordando el compromiso de la solución política negociada de nuestro conflicto armado interno de medio siglo, la reedición del testimonio de María Tila Uribe sobre el surgimiento y luchas del Partido Socialista Revolucionario en los años veinte del pasado siglo recrea un pasaje de la historia del proyecto socialista en nuestro país.

En efecto, sólo en 1926, en el Tercer Congreso Obrero Nacional, nace la expresión política de una incipiente clase obrera que, empezando apenas el despliegue del capitalismo en Colombia, estaba compuesta por trabajadores asalariados de las industrias textileras, cerveceras, de bebidas, proletarios de las empresas extranjeras del oro, el petróleo y del banano, obreros del transporte férreo y fluvial, pequeños artesanos de las ciudades, campesinos e indígenas que protagonizaban las luchas por la tierra y por las condiciones de trabajo en las relaciones semiserviles que caracterizaban la economía agrícola de entonces.

El socialismo era aún una idea difusa que, en su expresión utópica, había alimentado desde el siglo anterior las propuestas sociales de las Sociedades Democráticas y del Olimpo Radical y al comienzo del siglo XX, también en el seno del Partido Liberal, el programa de Rafael Uribe Uribe de reponerse de la derrota en la Guerra de los Mil Días “abrevando en las canteras del socialismo”. Ciertamente en el oscuro régimen conservador de la Regeneración, la divisa Proudhoniana de “nadie tiene derecho a lo superfluo cuando otros carecen de lo necesario” debía sonar a pura masonería. Pero ya en 1917 la experiencia de la Revolución Rusa radicalizó la comprensión del socialismo al ligarlo, en el análisis marxista, al proyecto político de una nueva clase social, el proletariado, para superar las lacras de la sociedad capitalista. Devenidos en sujeto político, los trabajadores ensayaron la construcción de su propio partido, independiente de la tradición liberalconservadora.

Ya en América Latina Mariátegui había analizado la realidad peruana en sus “siete ensayos” y, en Cuba, Mella iluminó la práctica revolucionaria con una concepción clasista devenida del marxismo. Más aún, sobre el continente pesaba ya la visión soberana de “Nuestra América” expresada por José Martí para quien, lo que Bolívar no había alcanzado a realizar todavía estaba por hacer entre nosotros. La revolución agraria mexicana de 1910 y la resistencia de Sandino a la invasión norteamericana en Nicaragua desde 1926 le daban continuidad a las gestas populares por la justicia social y la dignidad nacional.Con esas luces y las condiciones de la realidad de entonces es que surge el PSR.

Colombia había entrado al siglo XX con el desastre de la guerra civil de los “Mil días” y la tragedia de la separación de Panamá como parte de la estrategia de expansión imperial de Estados Unidos que, en 1902, con la derrota de España, se había anexado a Filipinas y Puerto Rico y subordinado la independencia de Cuba con la Enmienda Platt que convirtió a la isla en un protectorado gringo que, además, se instaló en el propio territorio cubano donde construyó la base naval de Guantánamo.

La década del 20 en Colombia contempló el despegue de la modernización capitalista sobre la base del acceso del capital acumulado con la exportación cafetera, los dólares de la indemnización norteamericana por Panamá y créditos de la banca internacional. El modelo de desarrollo capitalista, por supuesto, a la vez que expandió el mercado interno, amplió la infraestructura vial y ferroviaria, fortaleció la industria y la actividad exportadora, estimuló la migración campesina a las ciudades y la consecuente conformación de agremiaciones de trabajadores con lo que florecen las luchas sindicales y sociales.

El régimen de la hegemonía conservadora responde con la Ley de Defensa Social o “ley heroica” (1928) que fue la base legal para la represión en la Masacre de las bananeras y posteriormente de la insurrección de los “bolcheviques del Líbano” en 1929. En la fundación del PSR confluyen entonces las organizaciones, las luchas y las ideas que fueron tejiendo en las primeras décadas del siglo, al mismo tiempo una propuesta social y un proyecto político autónomo. El mismo Gaitán en 1924 al analizar “Las ideas socialistas en Colombia” concluye que “en Colombia los medios sociales de producción están monopolizados por una minoría…que controla el trabajo de los demás. El trabajo se hace esclavo del capital”, pero a su juicio la lucha contra “el presente sistema individualista” cabe en el Partido Liberal.

Los límites de esa afirmación los demostraría la República Liberal de los años 30 que, aún con la “Revolución en Marcha” de López Pumarejo, si bien significó un paso adelante en la modernización económica y política del país, se trataba de una modernización capitalista que, ciertamente, enfrentó la reacción violenta del establecimiento terrateniente, curial y conservador, lo que dio origen tempranamente a la nueva violencia. El nacimiento del PSR corona con perspectiva política el ascenso de la agitación popular, de la organización sindical y social y de las huelgas de los trabajadores de la ciudad y del campo de los años 20.

El socialismo revolucionario aparece como una expresión política autónoma comprometida con la revolución social, anticapitalista, antimperialista y con un fuerte espíritu internacionalista. Precisamente la adhesión del PSR a la Internacional Comunista en su Congreso de 1926 y los acontecimientos posteriores ligados a las luchas sociales y políticas de los trabajadores, marcarían el futuro del socialismo revolucionario.

Pero en 1927 el PSR es protagónico en la conducción de la gran huelga de los trabajadores petroleros de Barranca, y en 1928 de la huelga de las bananeras del Magdalena y también víctima de la represión feroz del régimen de la hegemonía conservadora contra los huelguistas y sus familias que recreó nuestro Gabo en “Cien Años de Soledad”. Jugó un papel muy importante en la organización y en la agitación social, en la difusión de las ideas socialistas y aún en la convergencia de acciones con grupos anarquistas, en el estímulo de la prensa popular, en la confrontación política contra un régimen autoritario y su proyecto de pena de muerte, en la creación de una conciencia de solidaridad con las luchas de los pueblos latinoamericanos como cuando envía un contingente a respaldar la resistencia de Sandino contra el invasor yanqui de Nicaragua.

El programa del PSR aprobado en la Convención de La Dorada en 1927 tiene un carácter netamente socialista. Se trata, en palabras de su Secretario General Tomás Uribe Márquez, de una “revolución agraria que favorezca a los campesinos pobres y medios con la entrega de tierras, la colectivización de las mismas, el trabajo moderno de la tierra a través de la técnica y los sistemas de mercadeo, no serán posibles dentro del capitalismo.”..”El paso de la revolución agraria antimperialista a la revolución socialista será rápido”.

Consecuentemente los puntos del programa hablan de nacionalización de tierras, revisión del derecho de propiedad privada, el derecho absoluto del Estado sobre las riquezas naturales, la creación de la riqueza natural por medio del empleo del propio esfuerzo, el control de la producción y distribución, la abolición de los impuestos, la abolición del salario y creación de un sistema de partición, la educación gratuita, el apoyo a los artistas, protección obligada por parte del Estado al niño y al anciano, obligación de dar habitación a todo ser humano, la abolición del servicio militar obligatorio.

Que los revolucionarios socialistas veían en el socialismo un estadio superior de la humanidad, más allá de la miseria en que vivían las masas oprimidas que lo conformaban, lo reflejan otros puntos más generales del programa: abolición de toda esclavitud en el ser humano, conquista de la libertad en la más alta concepción espiritual, la igualdad en la vida entre la mujer y el hombre, la conquista de la igualdad social, económica, política y civil, el desarrollo de todas las facultades en el individuo. Era una clara ruptura con el ideario liberal y una apuesta de futuro por el paradigma socialista del que todavía hoy somos herederos. Hay un debate sobre el papel del PSR en la frustrada insurrección popular de 1929, cuyo episodio más conocido es el de “los bolcheviques del Líbano”.

Ciertamente el régimen de la hegemonía conservadora había emprendido una feroz cruzada contra el naciente partido y sus actividades y creado un libreto contra la agitación social que lo señalaba como comunista y lo acusaba de la preparación de una insurrección bolchevique. De otro lado en la conciencia popular estaban presentes las experiencias de la revolución de Octubre en Rusia (en realidad una insurrección) y la misma revolución mexicana de la década anterior. Además en las bases campesinas y en algunos aliados liberales contra la hegemonía conservadora estaba vivo el espíritu del alzamiento de la Guerra de los Mil Días. De allí que algunos sectores del Partido empezaron a propalar desde 1926 la idea de la insurrección, y ya en 1927 la Convención del PSR en La Dorada hablaba de “la inevitabilidad del desenlace por la vía armada” y de la “necesidad de coordinación de las acciones con miras a la confluencia en una insurrección nacional para sustituir el “régimen”.

Es comprensible entonces que, ilegalizado el Partido por la “Ley Heróica” de 1928 y víctima de la represión implacable del régimen que comenzó con la masacre de las bananeras, éste transitara hacia la actividad insurreccional. Al hacerlo sentó el precedente de ser la primera insurrección popular armada de América Latina con un proyecto de toma del poder con base en las ideas socialistas. Al fracaso de la insurrección y a la persecución feroz del régimen conservador, se unió a comienzos de los años 30 la incidencia de la Internacional Comunista que, respaldada por la autoridad moral de la primera Revolución socialista mundial y de su Partido Comunista, bajo la conducción del estalinismo, impuso para América Latina la creación de los partidos comunistas y la visión, inspirada por la experiencia europea, de que el socialismo significaba “la traición a los interés proletarios y la capitulación ante la burguesía”.

Para el nuevo dogma comunista y su misión de crear un movimiento comunista mundial bajo la orientación de Moscú, la experiencia del PSR reflejaba la “herencia del liberalismo pequeñoburgués en la ideología del proletariado” y sus dirigentes fueron sometidos a un juicio político de responsabilidades, calificados de putchistas y condenados al ostracismo. En Julio de 1930, de las ruinas del PSR, nacía el Partido Comunista colombiano. La República Liberal en la década del 30 se erigió sobre la derrota de la hegemonía conservadora cuyos cimientos había contribuido a socavar la incansable actividad del PSR. Pero la “revolución en marcha” naufragó en el mar de las reformas a media marcha y en la reedición de la fórmula de la violencia como la manera de gobernar de las élites colombianas durante doscientos años.

La bandera de la revolución social fue levantada por Gaitán desde el seno del Partido Liberal en los años 40, pero su voz que clamaba paz y piedad para la patria fue segada por la oligarquía que él mismo denunciaba el 9 de Abril de 1948. Entonces nuevamente la violencia de los partidos, la masacre contra el campesinado, la degradación de la dignidad humana de la población civil, la contrarreforma agraria en beneficio de los poderosos, en fin, la falsa paz del Frente Nacional que consagró la impunidad, el despojo y la exclusión.

En los años 60 la propuesta del socialismo fue reivindicada por la izquierda colombiana y era el programa revolucionario de la izquierda armada, pero el derrumbe de los regímenes de Europa Oriental que se declaraban socialistas, entre 1989-1991, y el aislamiento y crisis en que entró la Revolución Cubana que tuvo que declararse en “periodo especial”, pusieron en cuestionamiento el modelo, pero no la utopía, al punto que Eduardo Galeano llegó a decir: “ese no era nuestro socialismo”.

Durante este último cuarto de siglo el movimiento social y popular y las corrientes progresistas en el mundo han reconstruido la utopía en permanente confrontación contra la fase neoliberal del capitalismo y levantan la consigna de que “otro mundo es posible”. De esa corriente, que es la corriente del socialismo, hace parte el esfuerzo por la construcción de la paz en Colombia. Los años escondidos del PSR fueron la raíz de un nuevo árbol que cubriría la escena social en décadas futuras” dice Tila Uribe. Y su relato recoge la memoria de las luchas y las gentes de aquellos años de una manera entrañable porque en ocasiones la historia se confunde con los recuerdos de su propia vida familiar.

Esas raíces poseen la fuerza telúrica de los sacudimientos sociales que acompañaron, en el comienzo de un nuevo siglo, la transición de nuestro país al capitalismo. Como en el coro de una tragedia griega, las voces colectivas de los trabajadores, los campesinos, los indígenas, los pobladores urbanos, las mujeres, van desplegando en sus particulares testimonios la epopeya de la agitación social y el proceso organizativo que significó la creación del PSR.

Especial relevancia adquiere la participación de las mujeres en este cuadro. No sólo la figura relevante de María Cano sino de centenares que jugaron un papel determinante en esa labor pionera de configurar un movimiento social y un proyecto político de tanta trascendencia en cuanto significaba una ruptura radical con la tradición política del bipartidismo. Más aún, en ese proceso la mujer colombiana de comienzo del siglo XX estaba confrontando de hecho la sociedad patriarcal, acorde con su vinculación progresiva al mundo laboral.

Tila misma, mujer y militante de las causas socialistas, ha sido durante toda su vida un ejemplo vivo del compromiso con su época, su género y su generación. Así como hace veinte años nos regaló esta memoria formidable que ahora reeditamos, muy recientemente, en 2015, ha publicado sus reflexiones sobre las “Huellas del tiempo. Dignidad, autonomía, envejecimiento y vejez”. En conjunto son un ejercicio de memoria y verdad con las que corona su ciclo vital de educadora, y esa lección es fundamental para la Colombia de hoy que enfrenta el compromiso de la construcción de la paz.

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