Palabras de María Tila Uribe en el Premio por la Paz y la Defensa de los Derechos Humanos

María Tila Uribe, miembro activo de HelpAge International y defensora incansable de los derechos de las personas mayores, recibió el  11 de febrero de 2016, el Premio Internacional por la Paz y la Defensa de los Derechos Humanos, máximo galardón Magna “Cruz Bolivariana” de la Legión Fraternal de las Naciones.
Estas fueron sus palabras en la aceptación del premio

Palabras de María Tila en la ceremonia

…Me pasa en momentos así, que se me hacen nudos en la garganta y se devuelve la película de la vida trayendo a mi mente y a mi corazón gente amiga y compañera que he querido, que he admirado y ya no está… o emigraron en momentos difíciles; sus nombres y su recuerdo me dan energía y alegría, por lo menos para dejar en los escritos y en los debates algo de la memoria del siglo XX, del cual vengo.

También tienen presencia permanente en mi memoria las y los compañeros que si están y han compartido o comparten conmigo saberes y esperanzas. Ellos y ellas, incluyendo a mi esposo y compañero, mis 4 hijos (nombres) mis nietos y mi familia, han sido mi soporte en los momentos difíciles, mi compañía diaria y además, han sido en buena medida la universidad de mi vida.

Vuelven en un momento como este experiencias vividas, determinantes por lo que significaron como aceptación o como rechazo de lo que he querido ser y hacer; y son vivencias que, además, me ayudan a fundamentar por qué el anhelo de paz y por qué la defensa de los DERECHOS HUMANOS

Para empezar, las mujeres de mi generación nacimos en una Colombia patriarcal y machista (condición que fue no solo de hombres sino también de mujeres): conocí entonces esa cultura milenaria que en nuestra tierra es hija de los conquistadores españoles, aventureros o hidalgos, y que entró con fuerza hasta la primera mitad del siglo XX. Desde niña me enseñaron que el sistema social, jurídico, educativo y político era jerarquizado únicamente por hombres: que ellos hacían las leyes, dirigían el país y tomaban las decisiones.

La otra cara de la medalla era la del rol de reproductora y ama de casa; la de las falsas virtudes de la sumisión y la obediencia ciegas, donde nos identificábamos por las carencias: yo no puedo, yo no sé, sin pensar en las propias potencialidades ni adivinarlas: Era la valoración que se daba a lo masculino y a lo femenino, produciendo históricamente relaciones de poder y generando conflictos en la sociedad, en el trabajo y al interior de los hogares. Y en esa especie de limbo histórico, a las chicas y a las jóvenes nos surgían preguntas que empezamos a respondernos en esa maravillosa década de los años 60.

Años de revoluciones, de revueltas, de los universalismos que movieron y enriquecieron al mundo, de los retos individuales que nos planteara Simone de Beauvoir; cuando aparecen corrientes de mujeres hablando de equidad, de respeto dentro de la diferencia, de pautas de comportamiento; es decir, ya nos estábamos refiriendo a los derechos humanos, ya entendíamos que nos pertenecían a todos y todas por igual. En los años sesenta la mayoría de las mujeres aprendió a no decir únicamente amén, a recuperar el habla, y a situarse en su propia historia.

De otra parte, ya en esos años veníamos de las violencias de finales de los años 40: la tenebrosa violencia bipartidista que, como la describiera J.E. Gaitán, el pueblo no tenía dos partidos sino que lo habían partido en dos. La vida de muchos colombianos había entrado en etapas diferentes y desconocidas, que fueron partes primeras de peores años que vendrían después. Por eso en todos esos años los temas, el vocabulario y las actividades giraban en torno al peligro, la zozobra, el toque de queda y 45 años con estado de sitio.

Cuando entró la década de los 70 nos enteramos de lo que sucedía en Chile, Argentina, Uruguay y otros no pocos países latinoamericanos. Aquí tampoco fuimos ajenos a ciertas prácticas. En fin, larga es esta historia, y cuanta más edad tenga un o una colombiana, más procesos de desplazamientos, exilios, refugios y migraciones ha conocido. Por todo esto es que anhelo la PAZ.

Sin embargo, quiero terminar comentando que mucha gente de mi generación sobrevivimos al conflicto armado y pudimos superarlo para no quedarnos en el padecimiento. Muchas víctimas directas o indirectas, queremos construir sobre nuestras experiencias.  Para terminar, traje algunos mensajes para los jóvenes, que he recogido en talleres y mesas de trabajo con gente mayor:

Que ojalá aprendan a rescatar capacidades y aptitudes de cambio. Quieran ser voceros y veedores de PAZ. Conozcan la historia colombiana para que eviten su repetición. Se decidan a impulsar vertientes multiplicadoras de sueños y utopías. Apoyen y enriquezcan la solidaridad. Y sepan que el mundo colombiano fue, es y será difícil, por eso, si de verdad quieren aportar a un cambio para mejorar su entorno y su país, es necesario que luchen hasta el fin.

Quizá la frase “Quiero conocer a Colombia en paz, no me quiero morir dejando a Colombia como la he vivido desde que me conozco”*, explica su entrañable lucha por aportar a la construcción de paz en el país y lograr una mayor equidad en los derechos, especialmente de las personas mayores, una lucha que emprendió en el año 1992 de la mano de su esposo Francisco Trujillo.

Desde ese año ha estado involucrada con HelpAge International a nivel global. Sus 84 años no le han impedido seguir trabajando por esta y otras causas que la apasionan como la equidad de género, la consecución de una “Pensión Social no Contributiva” y la justicia para las víctimas del conflicto armado, esta última la llevó a vincularse con la Unidad Nacional para las víctimas desde inicios del 2016.

Es hija de Tomás Uribe Márquez y Enriqueta Jiménez Gaitán, miembros fundadores del Partido Socialista Revolucionario de los años 20, y quizá de allí nacieron sus ideas más revolucionarias.

En el 2015 escribió el libro “Huellas del Tiempo”, como aporte a la memoria histórica de HelpAge, del proceso de envejecimiento en Colombia y sobre todo la mirada de una mujer que tuvo que vivir su juventud en un país que no reconocía los derechos de la mujer, y luego vivir su vejez en un país que aún tiene un camino largo por lograr el cumplimiento efectivo de los derechos de las personas mayores.

El premio fue  otorgado por la Federación Nacional de Prensa “FENALPRENSA”, La Asociación Colombiana de Periodistas de Provincia “ACPP” y las fundaciones Red de Medios Alternativos y Premio Nacional de Periodismo “Antonio Nariño”, como reconocimiento del espíritu social y Defensor de los Derechos Humanos.

El equipo de HelpAge International y la red de organizaciones afiliadas se suman a este reconocimiento, resaltando las cualidades humanas de María Tila.

“…Sabía que era alguien fuera de lo común. Se le notaba una luz pícara y aguda en los ojos, una luz que solo se nota cuando uno se da cuenta que esta persona sabe de lo que habla porque lo ha vivido. Pero era más que eso: sus ojos parecían los ojos de una niña. Una niña que se entusiasma por las cosas nuevas que descubre, una niña que se maravilla con la vida y lo comunica a todos a su rededor. Tila tiene hoy 83 años, y me evoca lo mismo que hace 10 años. Me siento en la presencia de una persona mayor que sabe ser niña. Se ríe, se fascina con las ideas, sus ojos se prenden como los ojos de una pequeña que recibe un regalo. Mantiene como pocas personas de su edad ese don de saber dejarse sorprender, de disfrutar cada momento de la vida como un regalo, justamente. En definitiva, Tila es un ejemplo de cómo envejecer…”

Palabras de James Blackburn, Ex Director de HelpAge International en Colombia en el prólogo de “Huellas del Tiempo”.

 

Este mensaje tiene un comentario

  1. Excelente que una organizacion cooperativa como confiar, dedique parte de sus recursos al fomento de la memoria social del pais. Tila es un ejemplo a seguir por todo lo que ha experimentado y enseñado.

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