«Por naturaleza»

A propósito de la reflexión por una educación no sexista, en esta columna de opinión, Claudia Restrepo Rendón, licenciada en Educación, reconstruye los mensajes que la sociedad y sus instituciones han transmitido, posibilitando la conformación de una «misoginia interiorizada», que propone como verdaderos los mitos y estereotipos que tanto daño han hecho a las mujeres a través de la historia.

Por Claudia Elena Restrepo Rendón
Columnista invitada

A diario escuchamos afirmaciones con las que se califica a la mitad de la población mundial y sus actuaciones, y en muchos casos se sentencia que es «por naturaleza», lo que realmente es producto de las herencias sociales y culturales.

Desde diversas latitudes y culturas se repite que las mujeres, «por naturaleza», son incapaces de trabajar juntas, que son malvadas entre sí, envidiosas, sin capacidad de liderazgo, sensibleras, volubles, veleidosas, sin carácter, y que frente a esto no hay nada que hacer porque está en los genes, o en el peor de los casos, en las hormonas. Lo hemos oído en la cotidianidad de la familia, la escuela, la comunidad y en la sociedad, donde los medios de comunicación, con sus reality shows y la publicidad con sus anuncios, en gran medida estereotipados, refuerzan cada día estos mensajes.

Este tipo de juicios y afirmaciones develan la misoginia, que es el odio o desprecio hacia las
mujeres y todo lo relacionado con ellas. Según el sociólogo Allan G. Johnson es «la actitud cultural de odio hacia las mujeres por el hecho de ser mujeres». Esto conlleva desconfianza y un sistema de creencias con prejuicios arraigados contra lo femenino y se desprende de allí un concepto denominado misoginia interiorizada, que se define como la creencia involuntaria, por parte de mujeres o niñas, que los estereotipos y mitos dañinos en torno a su condición, generados en una sociedad sexista como la nuestra, son verdaderos.

Existen algunos factores que causan este fenómeno, como por ejemplo, la competencia. Según la antropóloga mexicana Marcela Lagarde y de los Ríos, las mujeres aprendemos del relacionamiento entre mujeres a través de la relación con la madre, que es la primera conexión con otra mujer. En esta primigenia interacción, en el contexto de la cultura patriarcal, ambas tienen su interés centrado en el mismo hombre y compiten frente a él para ser la favorita, para ser «la más», como lo ordena el mundo moderno, con su competitividad tan elogiada.

Afirma Lagarde: «Se trata de la repetición, de la proyección, de la puesta en acto, del nudo político madre-hija, yo y la otra. Las relaciones amor/odio entre las mujeres están siempre atravesadas por la envidia que funda la rivalidad entre nosotras. En el mundo patriarcal esta rivalidad encuentra su fundamento y se reproduce en la competencia permanente por ocupar un sitio en él». Desde niñas se aprende a competir para sobrevivir en un mundo de hombres.

Otro factor es la negación a la diversidad. Culturalmente existen unos cánones de lo que debe ser «una mujer», en singular, un modelo único, cuyas características son: bella, delicada, cuidadora, suave, ponderada, candorosa, pura, obediente, receptiva y entregada. Todo rasgo que se salga de ese molde es mirado con sospecha por la sociedad en general. Esta dinámica social hace que, en muchos casos, nos relacionemos desde la crítica, la exclusión y la subvaloración. Todo lo diferente no aporta ni enriquece, por el contrario es ridiculizado o atacado y cada una, individualmente, tiene la tarea de buscar la perfección.

La educación también hace su aporte en la reproducción de los patrones culturales y desde los primeros años de escolaridad, y según Ángela Toro López «normaliza comportamientos, a través de actividades conectadas con lo lúdico que operan como rituales de iniciación o de afianzamiento de patrones socioculturales» (2015). Los juegos infantiles y deportes no son neutros en lo que aportan en la formación de los niños y las niñas. Por lo general a los niños se les estimula a deportes de conjunto que implican contar con el esfuerzo de otros, valorar el talento de otros y disfrutar del triunfo de manera colectiva. Las niñas, por el contrario, han sido estimuladas o a veces marginadas a actividades más individualizadas.

Toro López refiere que «chicos y chicas participan en el juego de acuerdo al rol masculino o femenino que se les ha asignado culturalmente. Ellos ocupan el espacio central y asumen el protagonismo en actividades que requieren fuerza y destreza: salir victorioso en el duelo significa ganarse el reconocimiento de sus pares, hombres y mujeres y ubicarse en una posición de poder (…). Ellas por su parte, ocupan la periferia, no participan en acciones que pueden poner en riesgo su integridad física o su feminidad» (Discriminación sexista en las prácticas ludo-corporales escolares).

La participación en deportes de conjunto genera mayor interdependencia, salir de la individualidad para, en equipo, conseguir una meta que es común entre varios individuos y culturalmente vemos que se entrena más a los varones que a las mujeres en este tipo de prácticas.

Concluimos entonces que, en el estereotipo de dificultades de relacionamiento entre (y con) las mujeres y en la justificación que este fenómeno se da «por naturaleza», la naturaleza no tiene nada que ver. Lo que sí tiene que ver son las construcciones culturales que persisten por los siglos de los siglos y frente a las cuales tenemos el poder transformador, el poder de no repetir la historia generación tras generación. La educación deberá encargarse de que cada ser humano (hombre y mujer) que atraviese sus puertas, sea potenciado en toda la integralidad y la complejidad que le hace humano.

Es necesario generar conciencia, y este será el primer paso, para superar estos obstáculos culturales que afectan y retrasan las posibilidades de desarrollo individual y colectivo de las mujeres. Desde la escuela se debe intencionar la formación orientada al apoyo, al trabajo colaborativo, a la coexistencia y a la solidaridad.

Lo que culturalmente se construye, culturalmente se puede deconstruir. No le asignemos a la naturaleza responsabilidades que no le corresponden y asumamos la responsabilidad de transformarnos individualmente y como sociedad, con una nueva mirada hacia la mitad de la población mundial.

 

Claudia Elena Restrepo Rendón, es licenciada en Educación, con veinte años de experiencia en el sector social, empresarial, público y privado, en el diseño y la ejecución de modelos de gestión y educativos. Se ha desempeñado como asesora de entidades públicas y privadas, para la inclusión de la perspectiva de género.

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