¿Por qué las mujeres somos más pobres o nos pagan menos?

Por Sandra Valoyes Villa

Cuando en el análisis de la situación de las mujeres se cruza la pobreza extrema y la brecha salarial en Hollywood, es porque se cruza el análisis de género, y se evidencia una violencia estructural invisible e instalada en formas donde no hay víctimas o victimarios tan concretos como en los escenarios privados.  

El concepto de «violencia estructural» acuñado por el sociólogo noruego Johan Galtung ha sido de utilidad para explicar aquellos mecanismos en los que se expresa este tipo de violencia invisible, sutil pero «estructural», que representa, para el caso de las mujeres (aunque no es exclusivo para ellas), una ubicación en lugares desfavorables frente al acceso de bienes y recursos materiales y simbólicos, que redundan en discriminación y desigualdad. Por ello el autor, reconoce que si bien la violencia directa refuerza la violencia estructural y cultural «es posible que los efectos invisibles sean aún más viciosos».

Si nos concentramos solo en el plano económico, podemos apreciar que pocas veces, tanto en la elaboración teórica tradicional como en la construcción de medidas de impacto económico, se piensa en las mujeres, pues en la cultura se concibe la experiencia del hombre como el centro y parámetro para medir la humanidad y accionar frente a ella (androcentrismo) y esto dificulta la comprensión de la experiencia de la otra mitad de la humanidad. Pero ¿cuáles son los efectos de campo económico en la vida de las mujeres?

Feminización de la pobreza

Desde la década de los setentas del siglo XX, el concepto de feminización de la pobreza se viene planteando, hasta ese momento no era usual que la pobreza se estudiaba de manera diferencial y con categorías de análisis como el género. La integración de este enfoque reveló que las personas con menos ingresos y en situaciones extremas de pobreza alrededor del mundo, son mujeres.

En los datos de la agenda que seguiremos citando Hacer las promesas realidad: La igualdad de género en la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, publicada en 2018 por ONU Mujeres se plantea que en la región de América Latina, por cada 100 hombres entre 25 a 34 años de edad, hay 122 mujeres en situación de pobreza extrema. Además de la maternidad, especialmente a temprana edad, algunas de las razones que están asociadas al empobrecimiento de las mujeres se ubican en la jefatura femenina del hogar y en la carga del trabajo doméstico y del cuidado otras personas, asociadas al rol femenino.

Jefatura femenina del hogar

Una de las explicaciones del empobrecimiento de las mujeres está ligada a la aceptación social y cultural que sobre ellas se ha instalado alrededor de la responsabilidad del hogar como destino. El cuidado de hijos e hijas recae en las mujeres y una vez quedan en una familia constituida por ellas y sus descendientes, la sociedad y sus instituciones refuerzan la carga.

Aunque existen normativas para asegurar pensiones de manutención de los menores de edad en situaciones de divorcio o separación de las parejas, el imperativo del bienestar de la familia se le impone solo en las mujeres. Dora Saldarriaga Grisales, abogada y docente especializada en Responsabilidad civil y del Estado, explica que esto se constituye en violencia económica y patrimonial debido a que «si un hombre dice que no tiene como aportar la cuota alimentaria no hay un exigencia social e institucional, pero las mujeres tienen que hacer lo que sea para suplir las necesidades básicas de sus hijos e hijas».

La Agenda de ONU Mujeres 2030 lo confirma cuando en datos recopilados en 89 países en desarrollo se encuentra que «las mujeres divorciadas mayores de 15 años de edad tienen el doble de probabilidades de ser pobres que los hombres divorciados del mismo grupo etario».

Las mujeres y el trabajo

El acceso al empleo para las mujeres presenta diversas brechas. Nuevamente la carga cultural que asocia a las mujeres al cuidado de otros las ubica en escenarios de mayor dificultad para el ingreso al mercado laboral —la tasa de actividad de las mujeres en el mundo representan el 63% frente al 94% de sus homólogos varones según ONU Mujeres, 2018— y una vez han logrado ocuparse en actividades «productivas», la posibilidad de acceso a trabajos bien remunerados y valorados es más escasa.

Si miramos a nuestro alrededor podremos constatar que muchas mujeres dedican su vidas al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado —por ejemplo en Colombia según el DANE en 2017 el 89,5% de las mujeres ocupan tiempo en el trabajo doméstico no remunerado—; en su infancia o adolescencia deben cuidar de hermanos, hermanas y familias para que su madre y/o padre puedan ir a trabajar; los matrimonios y embarazos a temprana edad también reducen las posibilidades de llegar al sistema educativo y su permanencia en casa dedicadas exclusivamente al cuidado del hogar y los seres que lo habitan, medido en décadas, aumenta la brecha para obtener empleo en la adultez, un ciclo que genera desventajas en términos de la autonomía económica de las mujeres en sus edades avanzadas, una desprotección total, debido a que esta actividad no está incluida en el sistema de pensiones.

En los casos en los que las mujeres superan la brecha de acceso a la educación, se ha notado que las profesiones y los oficios también han sido atravesados por la construcción cultural del género, lo que genera que existan carreras y profesiones «feminizadas», muchas de ellas menos remuneradas. Por ejemplo sólo el 28,8% de las y los profesionales de las ciencias en el mundo son mujeres (ONU Mujeres, 2018).

El efecto que estas diferencias en la educación y el acceso a otros derechos que tienen las mujeres para su avance en el mundo laboral es significativo, Laura Ramos Jaimes, economista y gerente de investigaciones de CoreWoman dice que «para las mujeres que han tenido acceso a la educación, el trabajo es autonomía, es libertad, es viajar, es ahorrar, es obtener activos, es incluso darle oportunidades a los otros integrantes de la familia, pero hay otras realidades en las que eso no pasa, en las que la calidad del trabajo es muy mala, en las que trabajar 16 horas al día implica problemas de salud, en las que además de ese trabajo se tiene la carga del trabajo doméstico en el hogar, en las que por mucho que se trabaje no se va a poder subir de cierto nivel productivo».

Brecha salarial por género

Reconociendo que la brecha salarial por razones de género no se reduce a las diferencias que se sostienen alrededor de la remuneración entre mujeres y hombres por desarrollar el mismo cargo u oficio, este es un indicador que permite observar una discriminación sutil que afecta a las mujeres en el ámbito laboral.

Aunque existen variables entre las que se encuentran asuntos como la etnia o la nacionalidad de las personas, por nombrar solo dos, los ejemplos más sencillos para comprender la desigualdad salarial se pueden ver en el mundo mediático del fútbol o el cine, donde ya son reconocidas y constantes las denuncias por mujeres que se desempeñan con éxito en estos sectores.

Con averiguar cuánto ganó la intérprete de la última versión de la Mujer Maravilla (300 mil dólares) y cuánto fue la remuneración del último actor que protagonizó Súper Man (14 millones de dólares) podemos hacernos la pregunta y quizá trasladarla a escenarios más cercanos como las abogadas, médicas, ingenieras… que tenemos cerca, versus sus pares varones, para denotar que la brecha no está sólo en Hollywood.

Lo que parece inexplicable a la vista de esta brecha entre mujeres y hombres, que a su vez se relaciona con los por qué sobre los ingresos económicos y sus diferencias (incluyendo los más mínimos hasta los más cuantiosos), se constituye en discriminación y violencia estructural. La economista Mercedes D’alessandro en su libro Economía Feminista: como construir una sociedad igualitaria lo explica de manera sucinta: «el machismo, los prejuicios, las preferencias de los trabajadores, los grados de competitividad, dinámicas laborales que [en definitiva] excluyen a las mujeres» .

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