¿Por qué tenemos que hablar de acoso sexual?

Por Jenny Giraldo García

Hoy se habla de acoso sexual. Muchas mujeres han roto el silencio para hacer públicas historias que están atravesadas por miedos, incomodidades, humillaciones y abusos que por siglos han sido naturalizados. Desde Mujeres Confiar queremos proponer un diálogo sobre este tema, recogiendo diversos elementos y posturas que han circulado desde hace ya varios meses y que aportan a la necesaria reflexión sobre los vínculos y las relaciones entre hombres y mujeres.

La oleada empezó a crecer en octubre de 2017 cuando, a raíz de diversas acusaciones contra un importante productor de cine de Hollywood, por parte de mujeres que habían trabajado con él, muchas otras empezaron a decir que a ellas también les había pasado, usando una expresión que se fue convirtiendo en sello de ese movimiento latente: #MeToo. La etiqueta comenzó a posicionarse con fuerza en las redes sociales y, desde entonces, el tema ha sido uno de los más discutidos y controvertidos en muchos países.

La actriz Salma Hayek publicó un fuerte testimonio afirmando que durante años tuvo que negarse a diversas provocaciones por parte de Harvey Weinstein, el productor en cuestión: no bañarse con él, no dejarse hacer un masaje, no permitirle hacerle sexo oral, no desnudarse junto a otra mujer. Y tras las negativas, vinieron humillaciones e intimidaciones para que ella pudiera interpretar a una mujer que la había inspirado, el papel con el que había soñado. En algunas cosas se sintió obligada que ceder para hacer realidad la película sobre la vida de Frida Kahlo. Luego vinieron otras denuncias contra el productor: actrices como Gwyneth Paltrow, o Angelina Jolie también hicieron públicas sus historias de acoso. Y luego, la lista de hombres acusados: Dustin Hoffman, Kevin Spacey, Charlie Sheen, Steven Seagal, Bill Cosby y uno que ya había sido conocido: Roman Polanski. Y otros tantos. Un enjambre de complicidad cubría la gran industria del cine. Sobre esto, la columnista colombiana Ana Cristina Restrepo escribió:

«La idea no es inundar las cárceles con libidinosos prematuros, pichones de viejos verdes, sino transformar nuestra cultura, educar en la igualdad. Aspirar a que, en un día no lejano, los tarantinos se reduzcan a ser bastardos sin gloria».

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Imagen tomada de Milenio.com

Cuando el #MeToo —o #YoTambién, en español— salió de los estudios de Hollywood y empezó a llegar a muchas otras mujeres, los hombres quedaron sorprendidos: se dieron cuenta de que sus novias, amigas, hermanas, primas, compañeras de trabajo y hasta sus mamás habían sido víctimas de múltiples tipos de acoso: miradas lascivas por parte de sus jefes, manoseos, propuestas inapropiadas e insistentes, besos sin consentimiento, acosos verbales y físicos sistemáticos y, claro, también violaciones, con y sin penetración. Cuando las mujeres, las conocidas, las cercanas, las de pocos seguidores, las anónimas, comenzaron a contar sus historias, entonces también nos dimos cuenta de que en muchos casos sucede desde la infancia, entendimos que pasa todos los días, que no solo pasa en la calle, sino que las universidades y los lugares de trabajo también son escenarios para el acoso sexual en todas sus dimensiones, que los acosadores no son ‘monstruos’ con padecimientos mentales, que pueden ser los hombres más cercanos, los que menos nos imaginamos.

Y entonces muchos se sobresaltaron, quizás entendieron que ellos también habían sido parte y habían reproducido tal comportamiento, quizás se dieron cuenta de que estaban perdiendo sus privilegios, y entonces cuestionaron a las mujeres denunciantes, las tildaron de exageradas y quejumbrosas, como lo hizo Antonio Caballero, que escribió una columna que desató una tormenta en Colombia. Y luego, para defenderse, cerró el año afirmando que el machismo y el feminismo son formas de estar en el mundo y que debían coexistir pacíficamente.

¡¿Pacíficamente?! Ese fue el grito de muchas mujeres. Y a través de muchos medios le dijeron a Caballero y a los demás caballeros que existen diferencias abismales entre machismo y feminismo, que mientras el primero es resultado de la cultura patriarcal y pretende la dominación del género masculino sobre el femenino a través de múltiples estrategias, el segundo es la lucha histórica de las mujeres por alcanzar la igualdad entre los géneros, no por subyugar a los hombres. Esto respondió Florence Thomas:  

«…al proponer que el machismo pueda coexistir pacíficamente con el feminismo, insinúas que el machismo tendría algún valor para la vida de la humanidad. ¿Qué es el machismo? Es un techo de cristal en la vida laboral de las mujeres. Es una aún enorme brecha salarial entre hombres y mujeres. Es 6.400 niñas de menos de 14 años madres en este país. Es miles de mujeres violadas al año. Es una miserable proporción de mujeres en el Congreso».

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Y la columnista Sara Tufano se unió a la discusión planteando reflexiones sobre el sistema patriarcal que nos ha enseñado, a hombres y mujeres, que es válida la seducción por la fuerza. Además, nos invita a la acción, al diálogo, a la demostración práctica de que esta realidad debe transformarse, más allá de las redes sociales y las clases magistrales:

«¿Cómo puede entender un hombre que está acosando a una mujer si durante toda su vida le han enseñado que acosar es sinónimo de ser macho? Caballero está viendo el desmoronamiento de este mundo por el que ha transitado toda su vida, algo que, según él, “conduciría a la desaparición de cualquier relación amorosa”. Así de trágico».

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¡El tiempo se acabó!

Los escándalos en Hollywood están en plena efervescencia justo antes de que comiencen las temporadas de premios y alfombras rojas. Por eso, un grupo de actrices y algunos actores decidieron ponerse en acción con un movimiento que denominaron Time’s up (El tiempo se acabó). En noviembre de 2017, un amplio grupo de trabajadoras agrícolas envió una carta de apoyo a las actrices, pero también denunciaron los abusos de los que ellas eran víctimas. Y, a diferencia de las divas de Hollywood, se trata de campesinas con menos medios para levantar su voz y hacer valer sus derechos. Por eso, Time’s up contempla, entre otras acciones, apoyo legal para mujeres de bajos recursos.

Como una estrategia de visibilización del movimiento, las mujeres asistieron a la gala de los Globos de Oro vestidas de negro, sus intervenciones fueron aprovechadas para señalar las desigualdades que se presentan en la industria.

Y Oprah Winfrey dio un discurso de reconocimiento y apoyo a todas las mujeres que se han atrevido a denunciar:

«No es solo una historia que afecte a la industria del entretenimiento. Es una que trasciende la cultura, la geografía, la raza, la religión, la política y el lugar de trabajo”. “Por demasiados años las mujeres no fueron escuchadas o no se les creía cuando se atrevían a contar la verdad del poder de esos hombres».

Y otra vez el mundo tambaleó. Como respuesta al #MeToo y al Time’s up, un grupo de mujeres francesas publicó un manifiesto contra lo que más de cien firmantes, entre artistas e intelectuales, denominaron un ‘puritanismo sexual’. ¿Por qué? Porque creen que esta oleada de denuncias y de escarnios públicos atenta contra la libertad sexual, que, para ellas, requiere también de una dosis de ‘libertad de importunar’ por parte de los hombres. «La violación es un crimen. Pero cortejar de forma insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista». (Leer artículo)

Surgieron voces a favor y en contra de este pronunciamiento. El crítico de cine Pedro Adrián Zuluaga, en su muro de Facebook, comentó:

«Se necesita mucha desmemoria para no ver los peligros que esta nueva cruzada del pensamiento liberal encierra: la asunción de una cultura del miedo y la sospecha, a base de linchamientos mediáticos, sin procesos legales y donde todas las conquistas jurídicas se debilitan. Es decir, una agenda intrínsecamente parecida a la de la derecha más obtusa».

Y claro, un gran número de feministas criticaron esta postura que desconoce la realidad de millones de mujeres acosadas y abusadas en el mundo y es una muestra de su falta de solidaridad. La periodista Silvia Ayuso publicó una columna en la que contempla varios puntos de vista:

«Al fin y al cabo, la libertad para decidir sobre el propio cuerpo ha sido un principio fundamental del feminismo que el manifiesto cuestiona cuando defiende el derecho de los hombres a molestar sin contraponer al menos el derecho de las mujeres a no ser importunadas y trivializa además el impacto en tantas mujeres del acoso sexual».

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En Twitter, la  periodista cultural española identificada en esta red social como @TheLostDreamer, se pronunció en un largo hilo en contra de este manifiesto con afirmaciones como:   

«Si la forma de erradicar estas invasiones es DESTERRAR el galanteo del ámbito profesional, que así sea».

Uno de los aspectos que se pone en relieve en esta discusión es el del “victimismo” del género femenino. La escritora y licenciada en filosofía española Elvira Navarro cuestiona si ese el feminismo que necesitan las mujeres hoy. Al respecto, escribe:

«El manifiesto contra el puritanismo no dice ninguna tontería. En primer lugar no afirma, como he leído por ahí, que no haya que denunciar. Simplemente señala excesos: victimizar a las mujeres, saltarse la presunción de inocencia e igualar a un baboso que te toca la rodilla con un violador o con Weinstein -por cierto: también las mujeres somos a veces babosas y hemos tocado alguna rodilla que no nos correspondía-. Son cosas que han sucedido con el #Metoo».

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Y la periodista y escritora peruana Gabriela Wiener respondió con vehemencia abordando el tema del victimismo y la falta de empatía de las francesas:

«Sugerir que las impulsoras de las últimas campañas contra el acoso responden, además, a intereses ultraconservadores o religiosos, como se intenta en el comunicado, es hacer exactamente eso que denuncian: tratar a quienes se han atrevido a alzar la voz como subordinadas sin pensamiento propio, cuando es precisamente esa voz que ya no calla la nueva revolución. Acusarlas de victimizarse, cuando son más fuertes que nunca, y no están paralizadas en la queja o el sufrimiento, sino que proponen soluciones para frenar la violencia, es un despropósito que solo puede explicarse por el miedo al cambio inevitable». 

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Por la complejidad del tema, vuelve a aparecer una discusión que siempre ha estado presente: ¿Juzgamos a la obra por el artista? O, en palabras de la escritora norteamericana Claire Dederer: ¿Qué hacer con el arte de hombres monstruosos?, pregunta que se hace mientras revisa la vida y obra de Woody Allen, director por el que siente una profunda admiración.

«Esto creo que es lo que nos sucede a muchos cuando pensamos en la obra de genios monstruosos: nos decimos que tenemos pensamientos éticos cuando, en realidad, lo que tenemos son sentimientos morales. Ponemos palabras alrededor de esos sentimientos y lo llamamos opiniones…»

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Recientemente, Almudena Grandes, escritora y columnista española, también habló al respecto, pronunciándose a favor de las actrices:

«La campaña de las actrices norteamericanas que han decidido denunciar sus abusos, denuncia ante todo la tolerancia social frente a una práctica generalizada e injusta, dentro y fuera del cine. El hecho de que sean actrices refuerza su protesta, porque a ellas se les presume una facilidad para trepar de cama en cama que no se sospecha de los actores ni de mujeres de otros sectores profesionales. Por eso me ha irritado tanto el manifiesto en el que ciertas actrices francesas se posicionan en contra, denunciando el resurgir del puritanismo en defensa de la libertad sexual. En mi opinión, lo que está en juego es una reivindicación de la dignidad personal y laboral frente a la explotación de un capitalismo violador y caníbal, que se atrinchera en la vieja tradición que afirma que una mujer que no se deja tocar es una puritana y el hombre que lo intenta, ejerce libremente su derecho a obtener sexo a cualquier precio».

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Para ampliar la discusión, otras lecturas recomendadas

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