Ser mujer después de la guerra

Foto: El Espectador

Por Laura Aguilar Arias

El 24 de noviembre de 2016 en Cartagena, Colombia, se firmó el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, con el objetivo de poner fin a seis décadas conflicto armado. Entre los elementos contemplados en el acuerdo de paz, se encuentra la planificación y puesta en marcha de los procesos de Desarme, Desmovilización y Reintegración – DDR- que en Colombia se originan con la Política Nacional de Reintegración Social y Económica (PRSE) de 2008, la cual prioriza la creación de escenarios de sostenibilidad en términos económicos y productivos para la población excombatiente. Este escenario abrió la posibilidad de planificar la reintegración desde un enfoque diferencial basada en “un enfoque de derechos, lo cual permite conocer las diferencias y las particularidades que se crean entre hombres y mujeres a partir de su interacción, sus características biológicas, sociales y culturales (Conpes 3554, 2008, p. 57).

Este marco político, como lo señala la investigadora Dahiana Manjarrés Espinosa, resalta la importancia de la participación de las mujeres en todo el proceso de construcción de paz, incluyendo el proceso de negociación de los acuerdos de paz, el tránsito y nuevo asentamiento de los grupos al margen de la ley con sus operaciones de paz y la reconstrucción de sociedades víctimas de la guerra en las estrategias de DDR (Shepperd, 2011).

Sin embargo, y como también lo señala Dahiana en su tesis de maestría: La inserción laboral de las mujeres excombatientes en Colombia: un análisis desde la Política Nacional de Reintegración Social y Económica (PRSE), a pesar de este marco social que acompaña el avance de los procesos de construcción de paz, la PRSE en Colombia no contempla una intervención diferenciada para hombres y mujeres en el componente de Reintegración Económica que reconozca las características de las mujeres excombatientes en el marco de un escenario de posconflicto y evite la reproducción de roles y estereotipos de género tradicionalmente asignados a labores de cuidado y responsabilidades domésticas no remuneradas.

Es así, como se evidencia en los lugares de desmovilización, que las mujeres han retornado a los lugares tradicionalmente establecidos para ellas en la sociedad: el cuidado del hogar y de los hijos e hijas, la cocina, las labores de limpieza, etc. Las mujeres lo notan y lo denuncian: «Cuando estábamos en la cuadrilla éramos iguales. Nos turnaban para la cocina, por ejemplo, sin diferenciar si éramos hombres o mujeres y de repente llegaba uno por su comida y resulta que le había tocado el turno a puros hombres y uno ni se daba cuenta porque cocinaban igual de bueno que nosotras», señala Sandra*, una excombatiente del Urabá antioqueño.

«Yo por ejemplo era jefe de cuadrilla y tenía a mi cargo un grupo que me tenía que obedecer sin importar que era mujer, ellos me obedecían porque me creían, porque confiaban en mí y punto. Ahora lo que me da duro es ver que los mismos que yo lideraba ya no me creen tanto, o bueno, no es que no me crean, sino que ahora les parece que soy más útil en la casa. Es como si al salir a la vida civil se hubieran dado cuenta de que era mujer», señala Yuri*, una ex-combatiente que estuvo 32 años en las filas de las FARC.

En algunos Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación – ETCR – se ha comenzado a hablar del tema y, aunque muy tímidamente, se han generado espacios de reflexión. Las mujeres han tomado la vocería para contar que se sienten relegadas y que necesitan ser incluidas en la toma de decisiones y en los proyectos productivos. «No es que yo no quiera ser mamá. Lo que más feliz me hace de todo es poder estar con mi hija mayor y vea, tuve otro, pero también quiero estar en los sembrados, o en las piscinas de cultivos de peces, o estudiando», dice Yolanda mientras carga a su hijo de 15 meses.

En el ETCR Silver Vidal Mora, ubicado entre los municipios del Carmen del Darién y Riosucio en el departamento de Chocó, se escucha al ‘Pana’ en el altoparlante anunciando una presentación artística en el teatro de la comunidad: «Madres de familia, recuerden, monten su aguapanela de una vez para cuando den las 5:45 ya no tengan nada que hacer, es para el teatro… Por lo menos yo ya comencé a hacer la cena en la casa, porque como estamos hablando de género, ya yo soy el que cocino, el que lavo y el que trapeo, así que ya estoy haciendo mi oficio para cuando den las 5:40 estoy desocupado y voy rumbo al teatro. Hagan lo mismo». 

 

Como en cualquier esfera de la sociedad, a los hombres desmovilizados también les cuesta hablar de igualdad de género, pero las mujeres insisten en su propósito. Desde su propio lugar, es decir, desde su ETCR, se han organizado para conversar y exigir mayor igualdad en el reparto de las tareas con éxitos importantes: ahora cada grupo político, social, cultural o productivo que se forme en la comunidad, debe contar con la cuota de mujeres, y los espacios a los que en un principio sólo fueron asignadas mujeres como la cocina comunitaria, también deben ser asignados hombres. «Es que así es como debe ser, ellos también saben lavar, picar, hacer jugo, partir la carne, lo que pasa es que claro, se acomodaron muy fácil cuando llegamos aquí», dice Josefa, la jefe de cocina.

Según Dahiana Manjarrés Espinosa en su trabajo La inserción laboral de las mujeres excombatientes en Colombia: un análisis desde la Política Nacional de Reintegración Social y Económica (PRSE) «De las las 1.205 personas en proceso de reintegración que eran económicamente inactivas, el 64% son mujeres. La inactividad, en el caso de los hombres, está mayoritariamente dada por la incapacidad permanente para trabajar por temas asociados a la salud o discapacidad (54,6%); mientras que en el caso de las mujeres, predomina la inactividad económica por responsabilidades de cuidado y labores del hogar: el 69,5% de las mujeres en proceso de reintegración son económicamente inactivas por dedicarse al trabajo doméstico y labores de cuidado no remunerado (ARN, 2017).»

Para la autora es claro que las mujeres excombatientes enfrentan barreras particulares para beneficiarse en términos equitativos de los medios de reintegración económica ofrecidos por el Estado con respecto a sus compañeros excombatientes. Estas barreras superan el acompañamiento estatal y pueden llegar a obstaculizar el acceso a determinados tipos de trabajo, limitar su movilidad o facilitar la asignación de trabajo doméstico y responsabilidades de cuidado en el ámbito privado sin remuneración.

«Esta sociedad está muy mal distribuida y cuando estábamos en la guerra no nos dábamos cuenta de eso, vivíamos en un mundo propio donde era más importante la supervivencia que si este era hombre o mujer. Claro que pasaban cosas, claro, oigan, y pasaban muchas, pero no como aquí, ni las mismas. Pero esta es una sociedad desigual y mientras la desigualdad exista las luchas van a seguir vigentes. La de nosotros ya no es armada, pero sigue siendo lucha, seguimos resistiendo porque esto tiene que cambiar ¿o a usté qué le parece?», pregunta Yuri.

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