ESPECIAL AURA LOPEZ

Virginia Woolf por la Orilla del río

Por 2 mayo, 2017 octubre 18th, 2019 Sin comentarios

Hace más de tres siglos, en Inglaterra, Anne Finch escribía así en su diario: “¡ay de la mujer que coge la pluma! Se le considera una persona tan presuntuosa, que no parece que haya virtud que pueda redimirla de su delito. Se nos dice que aquello equivale a falsear nuestra condición femenina y nuestro destino, y que en cambio los buenos modales, la moda, la danza, los adornos y los trajes, las únicas cosas a las cuales debemos aspirar. Escribir, pensar o investigar, empañaría nuestra belleza, agotaría nuestras mejores épocas e impediría las conquistas de la flor de la vida, en tanto que la aburrida tarea de lo doméstico, es considerada por muchos como nuestro arte más sobresaliente”.

Eran las palabras de una mujer apasionada por la poesía, que leía y escribía furtivamente, y hacía del ejercicio intelectual un quehacer solitario, asediada por el ridículo que cubría en el siglo XVII a toda mujer que pretendiera asumir el ejercicio de la literatura, actividad que se consideraba como exclusiva del hombre, parte de una personalidad destinada a cumplir los grandes designios, las complejas tareas, los imperativos artísticos, culturales, científicos y políticos de seres dotados por la naturaleza, en contraposición con la incapacidad de la mujer, entendida no como imposición social, sino como esencia biológica. Anne Finch, como tantas otras mujeres de su época, debió tragar en silencio muchas lágrimas de impotencia, resolver en angustia aquello que le dictaban su talento y su afán de ser ella misma. Muchas mujeres como ella fueron borradas de la historia, del arte, de la literatura, y lo que aún ahora sigue esgrimiéndose como incapacidad, no ha sido otra cosa que el taponamiento de toda posibilidad, de todo intento o gesto que implicara saltar por encima de los roles mezquinos a los cuales se las condenaba.

En 1928 en su novela “Orlando” Virginia Woolf dice: “Cuando escribimos la vida de una mujer, podemos, como es bien sabido, sustituir las exigencias de la acción, por el amor. El amor es, como dijo el poeta, la existencia toda de la mujer y si por un momento observamos a Orlando escribiendo ante su mesa, tendremos que admitir que jamás hubo mujer más digna de ese nombre. Seguramente, ya que es una mujer, y una mujer hermosa en la plenitud de la vida, pronto dejará de lado las pretensiones de escribir y de meditar, y comenzará al fin a pensar en el guardabosques. Y en tanto piense en un hombre, nadie la criticará por pensar. Luego le escribirá una esquelita, y en tanto escriba esquelitas, a nadie le parecerá mal que una mujer escriba.”

Pero quién fue, quién es Virginia Woolf? En uno de sus retratos, aparece su rostro de perfil, tanta levedad en sus rasgos, en su cuello fino; sobre su sien cae en desorden un mechón de su abundante cabello recogido atrás en un grueso rollo descuidado, como hecho con premura, sin mirarse al espejo. De su porte aristocrático dimana una fuerza subyugadora, cuyo centro de gravedad está en la mirada lejana y profunda.

La magnitud de su legado literario es incalculable ya que todavía hoy existen papeles, cartas, borradores, textos en fin, que no han sido publicadas o que pertenecen a archivos guardados en bibliotecas y museos. Nació en Londres en 1882, de una madre culta, aficionada a la lectura, miembro de una familia de editores, y de un padre lector, crítico literario, amigo de novelistas tan famosos como Henry James, Tennyson y Gorge Eliot, esa novelista a quien Virginia dedicaría buena parte de sus ensayos y sus referencias literarias. Fue educada dentro del hogar y de ello se encargó su padre Leslie Stephen, en cuya biblioteca entabló Virginia sus primeras relaciones con los libros. En una carta a su amiga Vita Sackville-West, le dice: “Te imaginas lo que fueron los años de mi crecimiento? Nada de ir a la escuela, apenas moviéndome sola por entre los libros de mi padre. Nunca la ocasión de gozar aquellas cosas que suceden en la escuela, jugar a la pelota, participar en burlas con mis compañeras, bromear, charlar”. A los 15 años, a raíz de la muerte de su madre y de su hermana Stella, debió enfrentar el retraimiento emocional de su padre, de quien diría más tarde que “parecía un león en busca de alguien a quien devorar”. Era un hombre enérgico, que padecía terribles ataques de violencia y hacía frecuentes reclamos a los gritos, casi como rugiendo. En uno de sus libros de memorias, Virginia anota: “Nunca he sentido tanta rabia y tanta frustración, pues no podía expresar lo que sentía”.

Aunque escribir fue para ella un ejercicio que comenzó desde la infancia, fue a los 23 años cuando el Suplemento literario del Times de Londres, empezó a publicar regularmente ensayos y artículos suyos. Ya no dejaría de escribir hasta poco antes de su muerte: novelas, ensayos, biografías, diarios, cartas. En toda su obra de mujer inteligente, brillante, irónica y refinada, aparece, en el fondo, visible casi siempre, medio oculta otras veces, la figura de la mujer, pero no mirada de modo complaciente o idealista; sus personajes femeninos se mueven en un mundo que de algún modo las constriñe o las ignora, y es su mundo interior, su yo profundo, el que parece entregarnos de un modo más antero sus identidades. Muchas de ellas perciben, a veces lúcida, a veces sordamente, que su lugar está invadido, cercado, y sus vidas dejan en el aire la evidencia de que aún bajo conductas sutiles, incluso triviales aparentemente, afrontan las dificultades de instalarse en un mundo masculino en el cual la palabra la tienen los hombres.

Gran parte de su obra reivindica, desde su condición privilegiada social e intelectualmente –aunque aún así, ella misma enfrentó escollos evidentes -, a aquellas mujeres que la precedieron en el ejercicio de la escritura y a quienes en su propio hogar, unos padres aterrados o unos maridos iracundos les quemaban sus libros, como en el caso de Mary Burney a quien Virginia señala como la madre de la narrativa inglesa, cuyos primeros originales fueron quemados por orden de su madrastra, quien la obligo, a dedicarse, como penitencia, a las labores de tejido.

También evoca a aquellas que escribían a escondidas, como Jean Austen, y guardaban sus papeles en las gavetas de sus tocadores para que nadie los viera; o a las que debían interrumpir a cada momento su escritura para ocuparse de asuntos de cocina, como Charlotte Brontë; o a las que firmaban sus escritos con nombres de hombres para pasar inadvertidas o para asegurar un juicio imparcial respecto de sus obras.

En su ensayo “Profesiones para la mujer”, basado en una charla dictada en Londres en 1931 en la Sociedad de servicios a las mujeres”, se leen estos apartes en los cuales Virginia evoca el momento en el cual una joven (que no es otra que ella misma), se dispone a escribir la reseña de un libro escrito por un hombre famoso: “Mientras escribía – dice – descubrí que si quería dedicarme a la crítica literaria, tendría que librar una batalla contra cierto fantasma. Y ese fantasma era una mujer a quien al conocerlo mejor, le di el nombre de “El ángel de la casa. El ángel de la casa era encantadora, carecía por completo de egoísmo y se destacaba en las difíciles artes de la vida familiar, sacrificándose a diario por los demás; jamás tenia una opinión o un deseo propio, y por supuesto era pura, la pureza constituía su mejor cualidad, y su mayor gracia era la de ruborizarse. En aquellos tiempos, los últimos de la Reina Victoria, cada casa tenía un ángel. Desde las primeras palabras, proyectó sobre la página la sombra de sus alas y oí el susurro de sus faldas en el cuarto. En el instante en que tomé la pluma para reseñar la novela de un hombre famoso, se situó a mi espalda y murmuró: ‘Querida, eres una joven, escribes acerca de un libro escrito por un hombre. Sé comprensiva, halaga, engaña, emplea todas las artes y astucias de nuestro sexo. No dejes que sospechen que tienes ideas propias’. Intentó guiar mi pluma, y como yo no tenía necesidad alguna de depender de mis encantos para vivir, me volví hacia el ángel y apreté su cuello con fuerza. Si no lo hubiera matado, él me hubiera matado a mí, hubiera arrancado el corazón de mis escritos. En ese momento supe que ni aún la crítica de una novela, se puede hacer sin tener opiniones propias, sin expresar aquello en lo que creemos. Según el ángel de la casa, las mujeres deben servirse de su encanto, y mentir si quieren tener éxito. Cada vez que percibía la sombra de sus alas o la luz de su aureola sobre el papel, cogía el tintero y lo arrojaba contra él. Tardó en morir. Es mucho más difícil matar un fantasma que matar algo real. La lucha fue ardua y duró mucho tiempo un tiempo, que yo hubiera podido aprovechar para aprender gramática griega o para vagar por el mundo en busca de aventuras. Pero fue una gran experiencia, la misma que tuvieron que vivir todas las escritoras en aquellos tiempos”. Ahora que la joven se había liberado de la falsedad, sólo tenía que ser ella misma. Pero ¿qué era ser ella misma? “No lo sé, responde Virginia, y creo que nadie puede llegar a saberlo hasta que la mujer se haya expresado en todas las artes y profesiones abiertas a la humana capacidad. Pienso que pasará mucho tiempo antes de que una mujer pueda sentarse a escribir un libro sin que surja un fantasma que pueda ser asesinado, sin que aparezca una roca contra la cual corra el peligro de estrellarse”.

No se puede hablar de Virginia Woolf sin referirse al llamado grupo de Bloomsbury, ya que es en compañía de las personas que los conformaban, donde ella encuentra el clima para su expansión intelectual, para la discusión y el intercambio de ideas. Estaba integrado por escritores, pintores, economistas, historiadores, y se discutía allí de filosofía, de arte, de política, dentro de una atmósfera culta y refinada. Fue en Bloomsbury, al sur de Londres, donde se instalaron Virginia y Vanesa su hermana a la muerte de su padre. Era un barrio bohemio, descrito como una sucesión de plazas, cada una dotada de su propio carácter, y donde fueron a dar escritores y artistas, jóvenes recién graduados de Cambridge unidos por su libertad de pensamiento y su espíritu crítico. Al grupo pertenecía Leonard Woolf con quien Virginia se casó posteriormente. Era un hombre culto, economista, historiador y ensayista.

A pesar de haber formado parte de esa élite intelectual y librepensadora de Bloomsbury, y a pesar de su posición social, de su inteligencia, de su vasta cultura, Virginia vivió también la experiencia de sentirse desairada por sus compañeros, incluido su marido, como cuando fue publicada su obra “Tres guineas”, calificada por el Times como “obra brillante y reveladora” que marcaría una época en la historia literaria del mundo. Sin embargo, ella escribió en su diario que por culpa de su libro, sus amigos la rehuian y que Leonard parecía menos entusiasmado de lo que ella esperaba. Quizás los serios planteamientos de tipo político, aparecían como un exceso de audacia en un escrito femenino. En uno de los apartes del diario de Virginia, hay un párrafo que ilustra de algún modo esa situación: “Cuando estoy acorralada escribo mejor, y parece que encontrara mi propio centro. De todos modos resulta extraña la sensación de escribir contra la corriente, y difícil también ignorar la corriente”.

“Tres guineas” escrita en 1938, comienza con la referencia que hace la autora a raíz de una pregunta que le fue formulada directamente: “En su opinión ¿cómo podemos evitar la guerra?” A partir de la pregunta, la autora se sumerge en una serie de consideraciones llenas de lucidez y de un conocimiento profundo de las circunstancias políticas, culturales e históricas de la Inglaterra de los años 30 y 40, y, agregado, el gramo de fina ironía, y los factores que separan socialmente a hombres y mujeres: “¿Cuándo se ha dado el caso anteriormente de que un hombre culto pregunte a una mujer cuál es la manera, en su opinión, de evitar la guerra?” Y se contesta a sí misma: “Mientras más libros leemos, mientras más discursos escuchamos, mayor es la confusión y más difícil parece, debido a que no comprendemos los impulsos, los motivos, los criterios morales que inducen a ir a la guerra, dar consejo alguno que pueda evitarla”. Y acentuando aún más la ironía, agrega: “Para empezar, a nosotras las mujeres nos ha sido negado el método de empuñar las armas, pues ni el Ejército ni la Armada admiten personas de nuestro sexo. No se nos permite luchar, como tampoco, por ejemplo, se nos permite ser miembros de la bolsa. No tenemos, pues, la presión de la fuerza ni la del dinero. Las armas, no directas pero eficaces, que nuestros hermanos los hombres con educación, poseen en el servicio diplomático y en la iglesia, también nos son negadas: no podemos pues, predicar sermones ni negociar tratados. Todas las armas con las cuales un hombre con educación puede imponer sus opiniones, están fuera de nuestro alcance, o tan cerca del límite, que con ellas, si acaso, podríamos causar apenas un rasguño.”
Ahonda en su libro y pone en tela de juicio los enunciados de cultura, educación y civilización, y las nociones de patriotismo, religión, familia, trabajo y justicia. Y en el centro, el fatal desequilibrio entre los dos sexos. No parecía fácil, en aquel momento, perdonarle que se hubiera adentrado en un terreno considerado como asunto de hombres y desde ahí hacer estallar su inconformismo, y dar razón – y quizás fue eso lo más inquietante – de su conocimiento de las raíces políticas de aquello que denunciaba. Era evidente que el “Ángel de la casa” había sido aniquilado y que Virginia se apropiaba de un rigor crítico frente a las realidades sociales. A propósito de “Tres guineas”, uno de sus biógrafos la describió como una escritora genial que descubrió dentro de sí misma todo el alcance de su furia y la expresó en términos notables para la crisis de su tiempo. “Tres guineas” señala un momento en la vida de Virginia Woolf, en el cual se produce una concentración en las realidades sociales de la época. El libro no sólo fue en un vigoroso panfleto contra la guerra y contra la complicidad de los poderes políticos y económicos, sino un alegato contra la discriminación de la mujer en cuanto a la falta de oportunidades para la educación y el trabajo, situación que en aquel momento revestía índices alarmantes. El tono convincente del libro, la fuerza de sus argumentos y la claridad de sus ideas, dan cuenta de una plena madurez.

En cuanto a sus novelas, eje fundamental de su obra literaria, es indudable que Virginia Woolf se anticipó a lo que se ha dado en llamar la novela de la introspección, aquel monólogo interior, aquella vibración íntima del inconsciente , que puede llegar a resolverse en actos exteriores, relaciones personales o formas sociales, pero a partir de una especie de buceo en las profundidades del alma. No es pues, su novelística, el retrato más o menos lineal o extenso de las circunstancias de los personajes. Hay allí un lenguaje secreto, unas motivaciones que vienen de lo profundo. Podría pensarse de lo profundo de ella misma, volcada en sus personajes. No de otra manera se explica tanta minuciosa intimidad, que lleva a pensar en una breve anotación de su diario: “Me pregunto si no llamo ficción a lo que en realidad es autobiografía”,

“Al faro”, escrita en 1927, está considerada como su obra maestra. Son las conciencias de sus personajes las que surgen y se intercalan y ocupan el espectro de sus destinos por medio de imágenes y símbolos. Se ha dicho también, que es una especie de autobiografía ficticia, y esto confirma la apreciación general de que la principal fuente que nutrió la vida de sus novelas, fue su propia vida, su propia mirada a todo aquello que la rodeaba. Se sabe que fue su madre el modelo para el personaje de la señora Ramsay.

La señora Dalloway es una de las obras más reveladoras de Virginia Woolf. Novela de la alta clase social londinense escrita en 1925, constituye un fresco en el cual confluyen la ambición de figuración, lo banal y lo superfluo de ciertas actitudes que son más un modo de vida, una condición humana. La fiesta que Clarissa Dalloway y su marido ofrecen a un exclusivo grupo de amistades, es el pretexto, cargado de fina ironía, del cual se vale Virginia Woolf para penetrar en aquella atmósfera de suntuosidad y artificio, y desnudar con refinada precisión aquellos modos y conductas. Un retrato punzante de las conciencias de sus protagonistas y de su mundo.

Hay una constante en las novelas de Virginia, en el sentido de que luz, color y formas son ingredientes sustanciales del relato, de la escena: el rojo de unas cortinas, los cambiantes tonos de la luz del sol en los cristales, las manchas y matices de las hojas del árbol, el jarrón de flores, el rumor del agua, el canto del pájaro, el color del cielo, todo tan vivo y tan próximo, tan entero, que no son simples agregados o decorados, sino parte viva del mundo narrado: “…La luz se posó en los árboles del jardín y dio transparencia a una hoja. Y luego a otra. Un pájaro gorjeo alto. Hubo una pausa. Otro pájaro gorjeó más bajo. El sol dio relieve a los muros de la casa y se posó como la punta de un abanico cerrado en una blanca persiana, dejando una huella digital de sombra bajo la hoja, junto a la ventana del dormitorio. La persiana se movió lentamente, pero dentro todo era penumbra sin sustancia. Fuera, cantaban los pájaros su vaga melodía “.

La novela Orlando constituye un audaz planteamiento literario. Orlando es un ser andrógeno, hermoso aristócrata que exhibe una identidad masculina y que pertenece al mundo de la corte de la Reina Elizabeth de fines del siglo XVI; y una identidad femenina hasta el siglo XX, o mejor, según la precisión de la autora, hasta la duodécima campanada de la media noche del jueves once de octubre de 1928, cuando termina de escribir la novela. De un modo refinado Virginia Woolf traza un itinerario de la historia inglesa, centrada en esa figura ambigua entre lo femenino y lo masculino. Podría considerarse también, como una rica alusión, adornada de exquisitos cuadros de arte e historia, a un erotismo sin fronteras. Un nuevo ser erótico.

“Una habitación propia” es un ensayo en el cual Virginia Woolf entrega con mayor énfasis una mirada feminista, esta vez con relación a las mujeres y la escritura. El texto corresponde a dos conferencias dictadas en octubre de 1928 sobre el tema “Las mujeres y la novela”. ¿Qué tenía que ver, entonces, ese tema, con una habitación propia? Ella pensaba que para escribir, una mujer debía tener un ingreso económico y un espacio independiente. Mitad ficción, mitad realidad, el relato de la autora acerca de las peripecias vividas tratando de encontrar referencias acerca de mujeres escritoras en una biblioteca (que ella llamaba con ironía Oxbridge palabra formada de Oxford y Cambridge las famosas universidades inglesas) en la cual no se admitían mujeres a no ser que fuesen acompañadas de un profesor o que llevaran una carta de presentación.
Pero al adentrarse en sus búsquedas, no le bastaba con preguntarse sólo por las mujeres y la novela, sino por otros aspectos necesarios a la investigación: ¿Por qué los hombres bebían vino y las mujeres agua? ¿Por qué era un sexo tan próspero y el otro tan pobre? ¿Habría algún dato acerca de cuántos libros se escribían al año sobre las mujeres y cuántos de ellos habían sido escritos por hombres? ¿Se puede educar a las mujeres? Napoleón, por ejemplo, pensaba que no. ¿Tienen las mujeres alma? A esta pregunta encontró varias respuestas: algunos piensan que no, y otros las adoran porque las consideran seres investidos de un carácter divino. Entre contradicciones y estupideces – expresadas aun por sabios y filósofos – Virginia sigue buscando, indagando. Y cree por momentos, que aquello que busca se esfuma, se escapa. Sólo encuentra libros escritos por hombres “especialistas” en el tema de la mujer, acerca de cuya inferioridad mental, moral y física, casi todos coincidían.

Desalentada frente a los estantes de la biblioteca, sin lograr identificar una huella, una historia, unos modos de vida y una relación entera de la mujer con la escritura, pensaba en cuántos escritos de hombre resultaban rechazados o admirados, pero que de una u otra manera existían, eran reconocidos en sus obras para bien o para mal. ¡Pero que una mujer escribiera! Lo dice textualmente Virginia Woolf con fina ironía refiriéndose a una trillada frase paternalista: ¿para que quieres tú escribir…? y agrega enseguida la opinión de un eminente profesor quien afirmaba que la mujer dotada intelectualmente era inferior al hombre menos dotado. Decepcionada, se permitía sin embargo reflexiones como la de que en cien años, quizá, las mujeres dejarían de ser el sexo disminuido y tomarían parte en actividades que entonces les eran negadas: “No se sabe lo que ocurrirá cuando ser mujer ya no sea una ocupación en sí, una ocupación disminuida”. Y dedica varios párrafos a aquella Anne Finch (Lady Winchilsea era su nombre de casada). Había nacido en 1661. Escribía sabiendo que lo suyo no sería publicado, pero lo hacía para apaciguar el espíritu con un canto triste como este: “Canta para tus pocos amigos y para tus tristes soledades. No serán para ti las arboledas del laurel. Confórmate con tu sombría oscuridad”.

Virginia Woolf, fue la que buscó, indagó, escarbó en los nombres y en las vidas de las mujeres borradas de la historia y nos dio noticia de ellas. Muchos nombres y muchas obras rescató del olvido. Leyendo “Una habitación propia” uno siente, oye, lo que ella nos dice en cada página: que las mujeres deben escribir cartas, diarios, memorias, poemas, cuentos, novelas, como quien recupera fragmentos dispersos de un cuerpo extraviado pero recobrado por la palabra. Para ello recomendaba conquistar una mínima independencia económica, un cuarto propio: “Os pido que escribais toda clase de libros, que no vacileis ante ningún tema por trivial o difícil que parezca. Espero que podais leer libros y quedaros por ahí, en las esquinas, y lanzar hondo la caña del pensamiento en la corriente de la vida.

Al hablar de Virginia Woolf no debemos eludir el tema de sus problemas emocionales, que determinaron agudas crisis que la sepultaban en el silencio y la angustia. “…Mi mente acosada por la ansiedad, es como un niño perdido que vaga por la casa y se sienta en el último peldaño de la escalera, y se pone a llorar”. Aquellas crisis se asientan, entre otros factores que los científicos se encargarían de identificar, en sus temores y en su inseguridad. “… ¿Llegará el día en que pueda leer mi propia literatura sin sonrojarme, sin temblar ni sentir deseos de ocultarme?”. Pero también habría que buscar en las presiones del medio intelectual, especialmente el círculo de sus amigos – incluido su marido – que por mucho aprecio que le profesaran, tenían hacia ella una mirada paternalista, mitad benévola, mitad desconfiada respecto de su tarea de escritora. “…El ambiente masculino me desconcierta ¿Desconfiarán de mí? ¿Me menosprecian?
Espero que estas tinieblas del espíritu tengan otras causas aun cuando están profundamente ocultas”. Y en sus últimos años de vida, Londres bombardeada por los nazis, el terror frente a aquella hecatombe, el pavor por la suerte de su marido, judío, que la arrastraría también a ella; la decisión mutua de suicidarse antes que caer en manos de los verdugos. “…Vagué por entre las desoladas ruinas de mis viejas plazas, desgarradas, desmanteladas”. El miedo, el miedo día y noche. “… Miro abajo, me mareo, y me pregunto si podré caminar hasta el final”.

En noviembre de 1919 había escrito en su diario “Por primera vez en muchos años, he paseado por la orilla del río, entre las diez y las once. Los pescadores aún no habían salido a esa hora. El sendero estaba desierto”.

22 años después, el 28 de marzo de 1941, le entregó su cuerpo al río. En la orilla se quedaron sus palabras, para siempre, con nosotros.

Autora: Aura López

Compartir:

Déjanos tu opinión